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Image credit: USA Today Sports

Traducido por Carlos Pérez 

Tommy Pham

El béisbol es difícil. Algunas veces se necesita algo de tiempo para que un tipo batee bien, ya sea debido a la madurez o por simples problemas con su tiempo de juego. A veces aparecerá un jugador algo más tarde, que se solidificará como una fuerza a tener en cuenta a pesar de estar “más allá de su mejor momento”. A veces un jugador “explotará” y, bueno, resulte ser Jeremy Hazelbaker. Casualmente (o quizá no), la mayor revelación tardía de esta temporada estuvo pintada de rojo Cardinal (y sorprendentemente no se trató de Jose Martinez, que también jugó bien con las aves rojas, lo cual es una prueba más de la #cardinalsdevilmagic). Pham debutó a los 26 años en 2014, pero solo acumuló 256 apariciones al plato en las siguientes tres temporadas, merced a un pobre rendimiento y a un embotellamiento en los jardines de los Cardinals. Esta temporada, el originario de Las Vegas tuvo la oportunidad de jugar cada día, de la misma manera que el relleno acaba con los panecillos en Acción de Gracias. (Esta metáfora quizá sea un 4/10 como mucho, pero da igual, estamos en fiestas).

Como un integrante diario de la alineación, Pham bateó .306/.411/.520, conectó 23 vuelacercas y robó 25 bases en el proceso, lo que le convirtió en uno de los 10 jugadores en sumar 20/20 esta temporada. Agárrese —porque esto va a sonar demasiado simplista—, pero Pham básicamente explotó porque no abanicó a malos lanzamientos. Una idea novísima, ¿verdad? En sus tres temporadas previas en San Luis, Pham abanicó al 26 por ciento de los lanzamientos fuera de la zona. Ese número es algo mejor que el promedio de la liga, pero el problema era que Pham no era particularmente bueno a la hora de hacer contacto con esos lanzamientos, ya que su 48 por ciento se ubicaba alrededor de 15 puntos porcentuales por debajo del promedio de la liga. Pham produjo el suficiente aire frío para alimentar una fábrica de Carrier, con un porcentaje de strike del 30 por ciento.

Esta temporada, sin embargo, tuvimos a un nuevo Pham. Solo Joey Votto y Matt Carpenter abanicaron a menos lanzamientos en la zona que Pham en 2017, y de hecho, los ratios de pasaportes y ponches de Pham fueron dos barcos nocturnos, alzándose y hundiéndose respectivamente. Ahora, a veces, los lanzadores desafían a lo desconocido, y los números de disciplina al plato de un joven jugador (joven en experiencia, pongamos) fluctuarán salvajemente una vez que su libro circule en torno a la liga. Para Pham, esos números mejoraron. En la segunda mitad de la temporada, abanicó incluso a menos lanzamientos, generando bases por bolas en más del 15 por ciento de sus apariciones al plato, y ponchándose solo el 19 por ciento de las veces. Es es simplemente Votto-iano.

Aun así, hay algunas alarmas que podrían evitar que Pham replique su monstruoso 2017. Casi el 52 por ciento de sus bolas bateadas fueron a ras de suelo, un número eclipsado solo por 11 jugadores en la liga, Es definitivamente difícil sostener un BABIP de .368 mientras se batean tantas rolas con una velocidad de salida ligeramente superior al promedio de la liga. Además, casi el 27 por ciento de los elevados de Pham abandonaron el parque. A pesar de sus tendencias hacia los roletazos, eso sigue siendo alto, y quizá no continúe. Dicho esto, la gran ventaja de Pham es su enfoque. Si puede mantener esa mejoría en la campaña 2018, las hadas de la regresión quizá no le ataquen tan vigorosamente. También, si continúa corriendo (se adueñó de 25 bolsas con un 80 por ciento de éxito en 2017), tendrá un montón de valor incluso si el promedio y el poder no continúan el año próximo (con, quizás, una pelota menos alterada).

Veredicto: Explotado.

Chase Anderson

Anderson fue un interesante proyecto de reclamación cuando fue enviado a Milwaukee desde el desierto de Arizona en el traspaso de Jean Segura. En 2016 promedió algo menos de cinco entradas por aparición, permitiendo casi dos cuadrangulares por nueve entradas. Era decididamente menos interesante. Con el paso del tiempo, sin embargo, Anderson hizo algunos ajustes a su repertorio, evitando su cambio de velocidad en favor de ofertas secundarias, sobre todo el ‘cutter’ y la bola curva. El movimiento fue quizá lo mejor que le pudo pasar al jugador de 29 años, ya que los bateadores estaban tatuando su cambio de velocidad con un ISO de .242 en 2016. La nueva mezcla fue una tendencia que continuó en la temporada 2017, lo que le permitió recortar ocho puntos porcentuales en el uso de su cambio de velocidad, y lanzar un ‘cutter’ en más del 10 por ciento de lanzamientos por primera vez en su carrera. También añadió dos retoques a su bola rápida, llevándola en ocasiones a las 97 mph. Los resultados fueron, bueno, por continuar con el tema, interesantes.

En las primeras 16 salidas de Anderson, eliminó a 85 bateadores en 90 1/3 entradas para lograr una ERA de 2.89. Y lo más importante, pasó de ser uno de los lanzadores más generosos de jonrones a uno de los más rácanos, pues permitió menos de un cuadrangular por nueve entradas de labor. No todo eran cachorritos y arcoíris, sin embargo. A pesar de su ERA, el DRA de Anderson era casi dos carreras completas más alto, y fue el beneficiario de algo de suerte en BABIP. El antiguo jugador de los Sooners de Oklahoma se quedó atascado en las vías mientras el tren de la regresión acechaba. ¿Escuchas eso, Sr. Anderson? Es el sonido de lo inevitable (ya usé este chiste en FSPP este mismo año, pero me gustaba tanto que no podía dejarlo pasar. Si finges no haberlo escuchado antes resulta más divertido, lo prometo). Antes de que Anderson sucumbiera hacia la media, sufrió una lesión en el oblicuo en una apertura en junio que le costó un mes y medio fuera de juego. Cuando regresó, Anderson retomó su juego justo donde lo había dejado, con una ERA de 2.47 en nueve aperturas mientras ponchaba casi a un bateador por episodio. Permitió algunos jonrones extra, pero aguantó su total de la temporada en menos de uno por nueve entradas, lo cual es obviamente impresionante en una época en la que Freddy Galvis puede batear 20 bombas en una temporada.

Anderson fue muy bueno en 2017, sí, pero ¿qué tan sostenible es ese éxito de aquí en adelante? Si quiere alucinar, mire sus números de disciplina al plato comparados con el promedio de la liga. Anderson no se desvía mucho más que un punto porcentual del promedio de la liga en cualquier categoría, salvo contacto en lanzamientos fuera de la zona. Es un poco escalofriante. Aunque el promedio no acelera el corazón de los propietarios de equipos de fantasía, es una gran mejora del estado previo de Anderson, y, afrontémoslo, hay muchos lanzadores malos ahí fuera. A veces el promedio es mejor que el promedio. Además, aparte del oblicuo, Anderson se mantuvo bien de salud en 2017, y debería iniciar la próxima temporada como uno de los brazos más confiados del equipo — una noción reforzada por su extensión reciente, que le mantiene con los Brewers hasta 2021. Anderson probablemente no le vaya a dar el título de su liga, pero sus ajustes le llevaron a ser un jugador de recambio a ser una opción confiable de la rotación con algo de margen de mejora.

Veredicto: (Casi) explotado.

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