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Image credit: USA Today Sports

Traducido por José M. Hernández Lagunes

Cuando Roy Halladay hacía historia, generalmente me encontraba en otros lugares.

El 29 de mayo de 2010, cuando lanzó su juego perfecto, estaba en la graduación de universidad de mi hermana, hospedado en un Days Inn que olía levemente a “líquido derramado” y tenía alfombras hechas de una manera igualmente descuidada, manchada por huéspedes exhaustos. Ví el último out en un bar con mi padre y no sentí mucho apego al hecho; después de comer algo, nos fuimos a ver el primer partido de las Finales de la Copa Stanley, donde los Flyers perdieron ante los Blackhawks.

El 6 de octubre del mismo año, estaba en mi primer semestre del doctorado, en la prueba de fuego que es el seminario profesional de inglés, saliendo al baño para revisar Gameday en mi teléfono. Recibí un mensaje de texto de mi esposa—quien alguna vez dijo que me dejaría si “en verdad me meto en el béisbol”—que decía algo así como “JUEGO SIN HIT ROY HALLADAY!!!!”

Mi linda y tempranera esposa anti-Ligas Mayores se había quedado despierta para ver a Roy enfrentar a los Reds porque ¿por qué no? Sentía envidia, pero estaba emocionado por ella y por los Phillies. Pero más que nada, estaba emocionado por Roy.

Roy Halladay pudo ser miembro de los Phillies desde el principio, o eso decían algunas historias después de que llegó desde los Blue Jays en 2010. Parece sacrilegio encontrar fuentes en este momento cuando debemos permitirnos vivir del mito lo más posible, así que solo diré que me acuerdo que alguien dijo que los Phillies consideraron seleccionar a Halladay como la 14ta selección del draft de 1995. ¿Por qué no lo eligieron? Dada la época, tal vez pudo ser por el bono por fichar; quizá hubo dudas sobre seleccionar a un lanzador de preparatoria. De cualquier modo, los Blue Jays lo escogieron en el puesto 17 y terminaron con el mejor jugador de la primera ronda, la cual incluía a Darin Erstad, Todd Helton y Kerry Wood.

Roy nació en Colorado y ahí mismo lanzó durante sus estudios de preparatoria, así que no era nativo de Filadelfia ni Toronto. Pero pudo serlo por cualquier otra razón. Como muchas plantillas de los Blue Jays y de los Phillies, Roy fue muy prometedor muy rápidamente antes de descomponerse. Pasó velozmente por las ligas menores, lanzando 165 innings con un ERA de 2.73 en Clase A-alta a los 19 años de edad y tuvo una breve oportunidad en las Ligas Mayores a los 21, donde obtuvo 1.93 ERA en 14 innings y casi lanza un juego sin hit ante los Tigers en su segunda salida. Tuvo dos temporadas de 3.00-altos ERA—nada trascendente, como era de esperarse, pero nada malo en la época de McGwire-Sosa—antes de lograr el récord de ERA para un lanzador calificado en el 2000 con un impresionante 10.64.

Y ahí pudo haber terminado la historia, como le ha sucedido a tantos otros jóvenes lanzadores en Filadelfia y Toronto. Brandon Duckworth, Ricky Romano, Kyle Drabek: sólo lágrimas en la lluvia y fantasmas del pasado, presente y futuro para el joven Roy. Pero en vez de permitirse caer en uno de los extraños e inescrutables humores del béisbol, Roy acudió con un psicólogo deportivo y logró descifrar sus problemas mentales con el juego. De manera inverosímil, hizo lo que muchos de sus admiradores, incluyéndome a mí mismo, debimos hacer. Admitió una debilidad, habló con alguien y tomó las riendas de su carrera. Y de qué manera. Siete temporadas en los primeros cinco puestos de la votación para el Cy Young con dos victorias, una en cada liga. Un ERA que sólo fue superior al 4.00 dos veces—una en el tremendo año ofensivo del 2004 y otra en su temporada final, 2013, cuando su brazo le falló a su ímpetu indomable. Pero entre 2008 y 2012, nunca tuvo un ERA superior a 2.78 y nunca lanzó menos de 233 entradas en una temporada. En una palabra, trascendental.

Cuando Roy fue enviado de los Blue Jays a los Phillies, representó la culminación de la búsqueda estilo Ahab del gerente general Rubén Amaro por un abridor. Trato de conseguirlo en la fecha límite de intercambios del 2009, “conformándose” con un ahora-sí-ahora-no Phillie Cliff Lee. Después de una segunda mitad estelar de Lee y con una derrota en la Serie Mundial, Amaro dobló su apuesta, mandando a Lee a los Mariners y obteniendo a Halladay. Fue caro, se perdieron prospectos y los fanáticos estaban molestos al percibir que los dueños eran “amarretes”, pero la ballena blanca había llegado a Filadelfia. Roy Halladay se vestiría de Phillie.

Inmediatamente creó una buena impresión. Afable, trabajador, intenso, motivado, rápido en el montículo—si escribieses un guión sobre Filadelfia, te lo regresarían por ser demasiado obvio. Todos los estereotipos que abarcan al atleta trabajador, una estampa adorada por los fanáticos de Filadelfia, Roy era la representación perfecta. Además, su apodo era Doc. ¿A quién le podría disgustar eso?

Como un ávido fanático de los Phillies, me enamoré de la habilidad y personalidad de Roy. Un ideal para los sabermétricos, quien parecía un buen tipo y mentor, quien nunca dejó que el talento se le fuera a la cabeza, quien se preocupaba por su salud mental. Lucho contra la cursilería en esta pieza, pero deberán perdonarme si digo que Roy era un ejemplo a seguir. Especialmente para mí cuando me mudé de Filadelfia a Chicago por un difícil reto académico, para comenzar nuevas amistades y conexiones con mi esposa, lejos de nuestras familias. Los Phillies eran una conexión con casa via MLB.tv, y ver a Roy a lo lejos era una línea de vida.

Mi padre, quien había dicho que Cliff Lee fue lo más cercano a Steve Carlton que había visto, también se encariñó con Roy. Y cuando el equipo fichó a Lee en 2011 para construir la rotación de los “cuatro ases” con Cole Hamels y Roy Oswalt, la sensación era eléctrica. Fue en esta atmósfera donde conseguí mi primer trabajo escribiendo sobre béisbol, a cuestas de una francamente ostentosa pieza sobre estadística y dialéctica en la página web de los Phillies en SBNation, “The Good Phight”. Aprendí todo necesario sobre escribir de béisbol bajo las alas de su personal—Elizabeth Roscher, Peter Baker, el seudónimo Wet_Luzinski, entre muchos otros—y aprendí cuanto puedo amar el béisbol viendo a este trascendental equipo volar durante la temporada regular.

No llegaron hasta el final, pero ese golpe duele menos. Los 103 triunfos de esa temporada fueron un logro extraordinario y no me arrepiento de la forma en que usé mi tiempo ni un poco. Pero si existe un trauma regional que compartimos sobre las derrotas del 2010 y 2011 y es el no poder haber conseguido una muy merecida Serie Mundial para Roy. El western de Doc Halladay tuvo un final agridulce.

Pero esa misma sensación me trae de vuelta al 29 de mayo de 2010. Lo que más me asombra de la trágica muerte de Halladay no es que haya muerto—todos moriremos—o que sólo sea siete años mayor que yo, sino que parece tan mundano. Roy es la clase de persona que esperarías saliera sin daño del agua, sonriendo de oreja a oreja y riéndose. Logrando lo imposible sin mucho esfuerzo, mirando hacia la siguiente hazaña.

Ese era él el 29 de mayo de 2010. Mi padre y yo llegamos a ese bar anónimo al oeste de Nueva York justo a tiempo para ver el último out, una rola al shortstop, para nada rutinaria en un partido 1-0 que no estaba fuera del alcance de los Marlins. Juan Castro tiró una lanza a Ryan Howard, quien la atrapó, alzó sus manos y corrió al montículo. Pero Roy tiró su guante y corrió hacia su catcher, Carlos Ruiz, para abrazarlo y felicitarlo por el partido. Este cariño hacia su compañero de batería seguiría hasta el partido sin hit de la postemporada, cuando Roy le compró un reloj a Chooch por cada ocasión.

Ni mi padre ni yo nos fijamos en el desinterés personal del gesto ni en el significado de la rápida convergencia del equipo en el montículo. Había sido un día ajetreado y no prestamos mucha atención a un partido en mayo, así que no sabíamos que esta era la culminación de nueve innings de tensión. Vimos la celebración por algunos minutos y tratamos de leer cualquier texto explicando lo que habíamos presenciado hasta enterarnos que había sido un juego perfecto.

“Vaya”, recuerdo que dijo mi padre, “sí que es especial”.

“Si”, contesté con algo como “me da gusto por Doc, es un muy buen lanzador”.

Y luego continuamos con nuestra noche. El juego perfecto fue extraordinario, pero al ser logrado por Roy, fue extraordinario con una capa de excelencia, y fue un momento para comparar el talento subliminal contra la fugaz y suertuda victoria de un solo partido. También fue así después de celebrar el juego sin hit de la NLDS, donde el equipo y los aficionados, después de la celebración, pasaron la página hacia el siguiente partido de manera rápida y sin duda. Había sido Roy después de todo, y ¿qué más se podría esperar de él en su primera oportunidad durante la postemporada?

Cada vez que Halladay lanzaba, sin importar el adversario, trataba de lanzar un juego perfecto. Así era y así se presentaba en el campo de juego. Era perfeccionista, adicto al trabajo, y con él compartía el ser el peor crítico de uno mismo. Al abrirse cada vez más a la comunidad, nos dimos cuenta que su cuidado y concentración no eran sólo apariencias, sino parte de quien era él. Desde su trabajo caritativo hasta las bromas en el zoológico en Twitter, Roy no era sólo un increíble atleta, era un pelotero único que yo y muchos otros podíamos vernos reflejados. Tenía gran talento físico, pero siempre estaba trabajando, luchando contra sus demonios y tratando de ayudar a quienes le rodeaban.

Y así, arriesgando ser excesivamente sensible, permítanme afirmar lo siguiente: Roy Halladay fue una persona muy importante para mí y millones de fanáticos en Filadelfia y Toronto. Era rutinariamente excepcional y deliberadamente humano; fue como una institución desde mayo de su primer año en una nueva ciudad. Llegó como Halladay y, al convertirse en Doc, para todos los que lo vimos – para mí, era solamente Roy. Y lo voy a extrañar.

Descansa en paz Roy. El cielo tiene un nuevo lanzamiento rápido.

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