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Image credit: Andy Marlin-USA TODAY Sports

Traducido por José M. Hernández Lagunes

Según una declaración del Comisionado Rob Manfred, el segunda base de los Mets de Nueva York, Robinson Canó, dio positivo en la prueba de estanozolol, una droga para mejorar el rendimiento. Habiendo sido ya suspendido en 2018 por obtener el mismo resultado, las directrices de la Liga dictan que será suspendido durante toda la temporada 2021, perdiendo su salario.

El estanozolol no es, según los estándares de la era moderna, un esteroide de última generación. Fue prohibido por primera vez por la Federación Internacional de Atletismo Amateur en 1974, y fue la caída del velocista Ben Johnson, a quien se le quitaron las medallas de oro en los Juegos Olímpicos de 1988. Su composición química única facilita su ingestión (en forma de tabletas, más que con una jeringa) pero también facilita mucho su rastreo, ya que puede permanecer en el cuerpo durante días o semanas. No es el tipo de esteroide que tomarías si estás tratando de engañar.

Es este punto el que hace que la situación de Canó sea tan inquietante. Normalmente estas discusiones giran en torno a la moralidad. Los realistas argumentan que ganar lo es todo, que las reglas del juego son simplemente parte del metajuego, algo que hay que sortear. Los cínicos se encogen de hombros y dicen que todos hacen trampas, y que negarse a participar equivale a renunciar. Mientras tanto, el sistema intenta limitar el salto de reglas mientras aplica castigos de manera débil e inconsistente. Todos están de acuerdo en que sólo se hace trampa si te atrapan, pero en este caso, afortunadamente nos ahorramos el tener que volver a hacer el papeleo. Obviamente iba a ser atrapado.

La forma más fácil de pensar en ello es a través de la trillada práctica conocida como teoría de juegos. Dado que Canó tenía dos opciones, hacer trampa o no hacer trampa, y cada una tenía dos posibles resultados, ser atrapado o salirse con la suya, se puede construir una simple matriz, asignando valores a los resultados:

no hacerse las pruebas hacerse las pruebas
no hacer trampa 100 DRC+ 100 DRC+
hacer trampa 120 DRC+ Perder $24 millones de dólares, perder la estima de afición y coequiperos, perder la oportunidad de ingresar al Salón de la Fama

La teoría del juego se concentra en dos situaciones particulares: las estrategias dominantes, cuando una acción siempre proporciona un mejor resultado que la otra, y las estrategias mixtas, cuando la mejor acción a elegir depende de cómo actúa la otra parte. La primera es “debería hacer este toque de sacrificio”, la segunda es “debería lanzar la bola rápida ahora”. Canó está, en este caso, técnicamente enfrentando una estrategia mixta, porque la trampa proporciona tanto sus mejores como sus peores resultados. En realidad, no es una elección tan difícil, debido a lo que se conoce como la Apuesta de Pascal. Mucho antes de que la teoría de juegos se convirtiera en algo de lo que burlarse en Twitter, el filósofo Blaise Pascal realizó un argumento para creer en Dios: en el peor de los casos, te equivocaste y perdiste algunas horas escuchando sermones, y en el mejor de los casos literalmente evitaste la condenación eterna.

Canó ignoró a Pascal y eligió la condenación, del tipo beisbolístico.

En realidad sólo hay una explicación de por qué haría esto, ignorando cualquier consideración ética. No hay una necesidad real de descender a la psicología amateur. No necesitamos saber por qué actuó de la manera que lo hizo, o incluso asumir que sabía por qué. La teoría del juego depende de que la gente actúe racionalmente, es decir, sirviendo a sus propios intereses. Cuando la gente empieza a hacer cosas a propósito que son malas para ellos mismos, la teoría del juego se desmonta. Desafortunadamente, muchas otras cosas también se rompen.

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Nunca voy a ver la peli Uncut Gems. No tiene nada que ver con lo buena que sea. Hay algunos géneros que no soporto, no por su calidad, sino porque me deprimen mucho. Las películas de terror en general no me compensan la ansiedad, pero la lenta y pesada desesperanza de las películas de zombis me es particularmente opresiva. Por ahí también, las historias de apuestas. Tampoco leeré El jugador de Dostoievski; las 600 páginas entre El crimen y El castigo que lo acompaña, la interminable extensión de ver el alma de una persona con defectos desangrarse, no es mi idea de pasarla bien.

Los lectores de esta publicación son muy conscientes de la falacia del jugador. Pero hay una segunda falacia, un defecto mucho más profundo, a veces asociado con el juego compulsivo: la incapacidad de visualizar la pérdida. La única explicación para que Canó hiciera la elección que hizo en el cuadro anterior es que no pudo ni siquiera concebir el cuadro inferior derecho, a pesar de que literalmente ocurrió hace menos de tres años.

Parecería ridículo si no lo viéramos todos los días, a gran escala. “Nunca pensé que me pasaría a mí” es el estribillo del 2020. Estamos viendo cómo los casos de COVID-19 y las muertes se disparan en casi todos los países. La teoría del juego es exactamente la misma: Tener unas fiestas de fin de año decepcionantes y solitarias, o arriesgarse a exponer a tu madre o padre a la enfermedad que podría matarlos. Naciones llenas de jugadores compulsivos están escudriñando esas probabilidades y manteniendo sus apuestas.

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El problema de la ética es, en su núcleo, un problema de la teoría del juego, y un ejemplo concreto de ello es el dilema del prisionero. Si todos nos comportamos, entonces todos estamos mejor. Si todos hacemos trampas y robamos, todos estamos peor. Pero si sólo algunos de nosotros hacemos trampas, los tramposos prosperan y la gente honesta sufre. La ley y la religión están diseñadas para prevenir que esto suceda, aumentando los números por el buen comportamiento y disminuyendo los números por el mal. Se supone que hace que el crimen no valga la pena. Este dilema nunca tiene éxito del todo, ya sea porque asume que sus números son correctos (que los criminales mejor no cometen crímenes, y pueden ascender a una buena vida legalmente) o que asume que la gente incluso se molesta en mirarlos.

Eso es lo que hace que la historia de Robinson Canó sea tan deprimente. La ética no puede funcionar sin racionalidad. Ya es bastante difícil conseguir que la gente haga lo correcto—es casi imposible cuando ni siquiera saben qué cosa van a hacer ellos mismos. Estamos aquí en nuestras comunidades para trabajar juntos, para cooperar, para compartir. La democracia exige trabajar en los mejores tiempos, y ahora la gente que no hace trampas, que lleva las mascarillas y obedece los protocolos, ve cómo sus propias palabras son distorsionadas por otros que ni siquiera saben a quién están haciendo daño.

No puedo imaginarme viendo una película de zombis cuando el mundo real tiene la misma pinta. Tener que luchar contra el único que se apanica y trata de abrir la puerta principal para los zombies es agotador, y más aún tener que compadecerse de ellos. Canó ha derribado los cimientos de su propio legado, y ha dañado un poco el juego en el proceso. Es agotador verlo. Las cosas de por sí ya son lo suficientemente difíciles.

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