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Traducido por Pepe Latorre

Mientras todos esperamos la vuelta del béisbol, ya sea en los potreros o en los estadios, todavía hay formas de matar el gusanillo: ver béisbol en otros medios, por ejemplo en películas. Para ayudarte a encontrar los mejores filmes con los que pasar un buen rato (o los peores para echarte unas risas), Baseball Prospectus va a analizarlos todos, desde los más populares hasta los desconocidos. Después de cinco análisis, actualizaremos nuestro ranking.

MAJOR LEAGUE (1989). Conocida en Argentina como “Risas y triunfos”, en México como “Ligas mayores”, en España como “Una mujer en la liga”.

Género: Comedia

Resumen: En su intento por mover los Cleveland Indians a Miami, la viuda del propietario de la franquicia hace un equipo de incompetentes para reducir la asistencia al estadio.

Reparto: Tom Berenguer como el típico jugador de mandíbula cuadrada de los 80s; Charlie Sheen llegando al final de su carrera como ídolo juvenil; Corbin Bernsen, ganador de un Emmy por L.A. Law, pero que fracasó en su intento de pasar de la TV al cine; una estrella de los noventa como Rene Russo en su primer gran papel cinematográfico. También están Margaret Whitton, Wesley Snipes y Dennis Haysbert, ambos en pleno ascenso, y James Gammon, un veterano de la TV que había estado en todos lados.

Guionista/Director: David S. Ward, ganador del Oscar al Mejor guión en 1974 con The Sting y nominado en 1994 por Sleepless in Seattle (Algo para recordar en España, Sintonía de amor en Latinoamérica). Fue su segunda incursión en la dirección después de la olvidada Destinos sin rumbo (1982), una adaptación de la novela Cannery Row de John Steinbeck con Nick Nolte y Debra Winger como protagonista.

¿Cómo de realista está representado el béisbol? No es horroroso. La remontada de los Indians en la Liga resulta muy poco creíble, pero los actores se mueven y parecen peloteros, especialmente Berenguer y Sheen. Los momentos más climáticos de los partidos están muy bien y la película es capaz de transmitir el suspense y la tensión que hay en la postemporada.

Cameos de gente del béisbol: Bob Uecker como Harry Doyle, analista de los juegos de los Indians y protagonista de algunas de las mejores escenas y frases de la película. Peter Vuckovich, ganador del Cy Young de la Liga Americana con los Brewers en 1981, hace de Clu Haywood, el toletero primera base de los Yankees. Steve Yeager, receptor de los Dodgers durante muchos años, y asesor de la película para temas de béisbol, interpreta brevemente a Duke Temple, entrenador de tercera de los Indians. Además, en alguna ocasión hace de doble de Berenger en la receptoría. La mayoría de la acción sucede en el County Stadium de Milwaukee (en vez de en Cleveland). Mucho del metraje de juego real son partidos auténticos de la MLB. Por ejemplo, en el cuadrangular de Haywood el que sale corriendo las bases es Ken Phelps.

Cliché de película de béisbol: un equipo malísimo lleno de inadaptados sorprende a todo el mundo y gana el partido definitivo.

Es sorprendente que dos de las mejores películas de todos los tiempos, Bull Durham (Los Búfalos de Durham en España, La Bella y el campeón en Latinoamérica) y Major League, se estrenasen en años consecutivos, 1988 y 1989. Aunque tienen ciertas similitudes son tremendamente diferentes. Ambas son pura ficción que utilizan el nombre y el uniforme de equipos de verdad y que tienen momentos muy divertidos relacionados con la práctica del béisbol. El diamante y el vestuario están muy presentes en las dos, pero Bull Durham es, en el fondo, una reflexión sobre tres personajes cuyas trayectorias quedan entrelazadas brevemente. Algo que sucede a muchos jugadores, aficionados y equipos que consagran sus vidas, al menos en parte, al béisbol. Major League es más cómica y no se centra tanto en personajes concretos como en el equipo en su conjunto. Es una celebración de un pequeño instante de compañerismo en el que lo importante es precisamente ese instante y no el recorrido en el largo plazo de los protagonistas.

Es por eso que la subtrama romántica en que participan ese receptor veterano y ex alcohólico llamado Jake Taylor (Berenger) y su ex esposa Lynn Wells, una nadadora olímpica reconvertida en bibliotecaria, no termina de funcionar. No ayuda demasiado que Taylor recurra a una especie de acoso para conseguir la reconciliación. Al menos Wells, la siempre espectacular Russo (debutando en el cine después de una larga carrera como modelo), aporta la profundidad necesaria para que la trama no sea relleno puro.

El buen hacer de Russo, sin ella interpretando su personaje hubiera sido simple relleno, es importante porque solo hay otro personaje femenino. Rachel Phelps es una ex bailarina que asume la propiedad del equipo después de la muerte de su marido y es la mala absoluta de la película. Los jugadores la odian y en muchos casos la tratan como a una mujer objeto, algo que no ha añejado muy bien. Aunque Phelps es presentada como un mal bicho y una puta, es interesante mencionar que, en la primera versión de la película, que se incluye en algunos DVSs, ella es la mente maestra que elabora un plan para salvar al equipo. Se hace pasar por la villana e inventa el tema de la reubicación como un elemento para motivar al equipo, darles algo por lo que luchar y salvarse así de la bancarrota. En las pruebas que se hicieron se vio que las audiencias preferían a Phelps como la mala. En cualquier caso, Margaret Whitton sobreactúa un poco.

Más cosas. El juego de palabras hecho por Harry Doyle y la prensa con el nombre del equipo, aunque muy inapropiado, no es algo que los aficionados de Cleveland no estuvieran acostumbrados a oír o leer cuando se hizo la película (y mucho antes). Los rituales de vudú de Pedro Cerrano, el toletero cubano, no parecen algo tan problemático como se pudiera suponer (o recordar). No estoy en condiciones de absolver a la película de su carga racial. Aún así, la tensión entre Cerrano (Dennis Haysbert) y el veterano y muy religioso lanzador de bolas ensalivadas, Eddie Harris (Chelcie Ross realizando su mejor versión de Gaylord Perry), se centra tanto en los prejuicios de Harris con en el exotismo de Cerrano, y al final es Harris quien queda como un estúpido.

Pueden parecer muchos peros para los espectadores contemporáneos, pero se perdonan por lo bien que están hechas las partes relacionadas con el béisbol. La mayoría de los aficionados de mi generación han visto toda o algunos trozos de la película en innumerables ocasiones, y los chistes siguen haciendo gracia. Los distintos estereotipos encarnados por el reparto son lo suficientemente reales como para que uno pueda compararlos con un jugador de 1989, 2019 o de cualquier momento entre medias. Desde el viejo y cascado receptor estrella (Berenger) hasta la prima donna de contrato millonario que juega en tercera (Bernsen). O el jardinero que habla rápido, corre como un rayo y batea para el promedio (Snipes), el toletero que no puede conectar las curvas (Haysbert), el lanzador veterano (Ross), el viejo y brusco entrenador con una carrera dilatada en las ligas menores (Gammon, uno de los aspectos más destacados de la película) o el icónico Ricky “Wild Thing” Vaughn de Sheen, un lanzador sin control que Mitch Williams, que contaba con 24 años cuando se estrenó la película, interpretó en la vida real adoptando tanto el apodo como la canción de entrada (interpretada aquí por el grupo llamado X, leyendas de la escena punk de Los Ángeles a principios de los 80s).

Por más abarcadora y genuinamente divertida que sea la peli, no es pura farsa. Los personajes son creíbles (a diferentes grados) mientras que las dos relaciones personales (incluso la de Taylor y Wells) y el béisbol son convincentes. El partido definitivo es especial y verdaderamente emocionante. Aunque ya han conseguido frustrar el plan de Phelps (los Indians ya ha acumulado asistencia suficiente como para quedarse en Cleveland), el equipo lucha por su propio objetivo: el título divisional. Ward, director y guionista, consigue capturar tanto la tensión del partido como el suspense en los instantes entre lanzamientos. Es decir, aquello que hace especial a un partido de postemporada y al béisbol.

La mejor prueba de lo entretenida que es la película es que los 107 minutos que dura se pasan en nada. El tiempo vuela desde el Burn On de Randy Newman que abre la película (un homenaje al incendio que hubo en el río Cuyahoga en 1969 y mi canción favorita de la banda sonora), hasta la jugada final en el partido definitivo. Major League es imprescindible para cualquier aficionado al béisbol.

El WAR de la película: 8.0. Se puede ver una y otra vez. Aguanta a pesar de los defectos obvios. Una de las más grandes películas de béisbol.

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