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Image credit: Joe Camporeale-USA TODAY Sports

Traducido por Pepe Latorre

El lunes Rob Manfred, comisionado de Grandes Ligas de Béisbol (MLB por sus siglas en inglés), anunció los castigos para los Astros de Houston por su exitoso robo de señales durante el 2017, temporada en que campeonaron. Las sanciones incluyen suspensiones de un año para el GM Jeff Luhnow y el mánager A.J. Hinch. Asimismo, Brandon Taubman, ex asistente de Luhnow y ciudadano ejemplar, ha sido puesto en la lista de candidatos inelegibles de la Liga. Los Astros perderán también las selecciones de las dos primeras rondas de los próximos dos drafts y deberán pagar una multa de US$5 millones. Tras conocerse esta información Luhnow y Hinch fueron despedidos por el dueño Jim Crane.

Los Astros han sido descabezados y lo más probable es que también haya repercusiones en el futuro. La severidad de las sanciones pone de manifiesto el compromiso del comisionado contra el robo de señales con ayuda de material electrónico. Es algo necesario para evitar que los celulares y las cámaras sean tan importantes como los bates y las pelotas. No es ni mucho menos la primera vez que sucede algo así: el 17 de septiembre de 1900, los Reds estaban jugando contra los Phillies en el primero de dos juegos en el Baker Bowl en Filadelfia. El campocorto titular de Cincinnati, Tommy Corcoran, le tocaba día de descanso, por lo que actuó como entrenador de la tercera base. Percibió que de vez en cuando el suelo temblaba ligeramente. Se puso a tantear la tierra y acabó desenterrando un cable. Tiró de él y descubrió que el cable salía del cajón de bateo y continuaba por toda la línea de falta. Corcoran, el árbitro y el resto de los jugadores se pusieron a tirar y descubrieron que el cable llegaba hasta la grada. En concreto hasta una localidad en la que equipado con unos prismáticos y una llave telegráfica estaba Morgan Murphy, receptor suplente de los Phillies.

Uno de los dueños de los Phillies en aquel momento, el coronel John I. Rodgers, intentó legitimar aquello como un lance más del juego:

Por lo que sé el asunto (el sistema de robo de señales) nunca funcionó, así que lo “isnoré”. Era una idea inútil, pero en lo que a mí respecta justa y legítima. No incumple nada. Es algo que ambos equipos pueden hacer, y el que tenga mejores cabezas conseguirá sacar ventaja. Si puedes usar tus ojos para ver las señales no veo qué problema hay con usar binoculares. Cualquier otro equipo tiene el mismo derecho a hacerlo tanto en nuestro campo como en el suyo.

Rogers identificó una zona nebulosa que permaneció inamovible durante casi 120 años: ¿dónde se traza la línea entre el juego aceptable y el engaño? Es un argumento similar al que se apoderó del béisbol durante los primeros años del siglo, cuando el uso de sustancias dopantes fue algo tan generalizado que no se podía ignorar. Hay una serie de drogas que van desde la aspirina hasta la (por ejemplo) androstadienediona que requieren una línea clara y nítida que separe lo que es una medicación ordinaria de las sustancias prohibidas, y el béisbol no lo ha hecho. En el caso de las trampas realizadas gracias a la tecnología ya se había trazado esa línea. Manfred advirtió en septiembre de 2017 que habría severas represalias para los equipos que incurrieran en el robo electrónico de señales.

Antes de las sanciones por PED y por los golpes en papeleras de lata de los Astros, la mayoría de las suspensiones que se habían dado en el béisbol por hacer trampa habían sido cortas y por motivos de conductas antideportivas en el terreno de juego: ¿Nelson Potter lanza un spitball (1944)? 10 juegos. ¿Rick Honeycut hace una incisión en la pelota (1980)? 10 juegos. ¿Billy Hatcher usa un bate hueco relleno de corcho (1987)? 10 juegos. ¿Brian Moehler raspa la pelota con papel de lija? 10 juegos. ¿Michael Pineda lanzando con resina de pino (2014)? 10 juegos. Otras infracciones, en particular las relacionadas con ataques a árbitros, fueron tratadas con mayor severidad. Un ejemplo: el 3 de septiembre de 1945 el receptor de los A’s, Charles “Greek” George, y el árbitro Joe Rue pasaron gran parte del segundo partido de un doubleheader discutiendo bolas y strikes. Después de que los Yankees, el conjunto visitante, acabaran perdiendo en la parte superior de la décima, y según ha contado George, Rue “me llamó algo que nadie se merece que le digan. Le pregunté si había escuchado correctamente. Me dijo que sí. De niño me enseñaron que nadie debe permitir eso, así que le di un bofetón”. En realidad, George dio un respingo y lanzó un puñetazo que impactó en la frente de Roe. Fue suspendido por el resto de la temporada, más adelante se le pidió que se quedara en el banquillo durante 90 “días de juego”, una sanción que duró hasta mediados de junio de 1946. En ese momento fue liberado por su equipo. George era, en el mejor de los casos, un jugador del montón, así que podemos decir que ese castigo terminó con su carrera en las Grandes Ligas.

Cuanto más rara es la infracción, más raro es el castigo: cuando el mánager de los Giants, John McGraw, gritó: “¡Oye, Barney!” a Barney Dreyfuss, dueño de los Pirates, antes de un juego en 1905, le impusieron 15 juegos y una multa de US$150. En 1907 el mánager de los Tigers, Hughie Jennings, siguió tocando el silbato cuando actuaba como coach de tercera base. Fue tan molesto que fue suspendido por 10 días. En 1938 el jardinero de los Yankees Jake Powell hizo un comentario racista durante una entrevista de radio antes de un juego y se le sancionó con 10 partidos. El lanzador de los Braves, John Rocker, también hizo comentarios racistas en 2000 e inicialmente fue suspendido 73 días (45 juegos de entrenamiento de primavera, más los primeros 28 juegos de la temporada) y una multa de US$20,000. Ambos castigos se redujeron posteriormente a 12 juegos de temporada regular y US$500. En 1991, Albert Belle golpeó a un aficionado al lanzar una pelota en las gradas. “Lamento haber perdido mi espiritualidad por un momento“, dijo Bell, y gracias a su repentino arrepentimiento recibió solo siete juegos. En 2004, el relevista de los Rangers Frank Francisco arrojó una silla a las gradas, rompiéndole la nariz a una mujer. Solo recibió 16 juegos de suspensión.

Muchos de estos delitos podrían merecer castigos similares al establecido para Luhnow y Hinch o incluso sanciones de por vida. No para el “¡Oye, Barney!”, pero si para aquellos actos que provocaron daños físicos. Lo cierto es que tradicionalmente se ha reservado la sanción de por vida (que podría equivaler a la pena de muerte) para aquellas acciones que ponen en duda la integridad propia del juego. Ya sea el arreglo de un partido de las Series Mundiales (los Black Sox), ofrecer lanzar juegos de pelota o intentar sobornar a otros para que lo hagan (Shufflin ‘Phil Douglas en 1922 y Cosy Dolan y Jimmy O’Connell en 1924), apuestas (el dueño de los Phillies William Cox en 1943 y Pete Rose en 1989) o una tercera violación de la política de sustancias dopantes (Jenrry Mejia en 2016). Este enfoque que hace hincapié en la integridad se cobró una nueva víctima recientemente. John Copollela fue sancionado de por vida al descubrirse que en las firmas de agentes libre internacionales que había realizado había jugadores de tan solo 13 años. Se une así a la a la suspensión de por vida que Kennesaw Mountain Landis hizo a Benny Kauff, jardinero de los Giants, por su participación en una trama de robo de automóviles (“A ojos de los espectadores tu mera presencia pone duda la integridad del juego”, dijo Landis). Leo Durocher, manager de los Dodgers, fue suspendido durante una temporada en 1947 porque según el comisionado Happy Chandler “no ha estado a la altura de los estándares esperados o requeridos por los entrenadores de nuestros equipos de béisbol”. Faltaban detalles. Lo que Chandler buscaba era calmar a una organización católica que amenazaba con hacer boicot a los Dodgers por la participación de Durocher en un par de divorcios, el suyo y el de su futura esposa.

Sin embargo, hay que decir que la MLB no solo ha reservado los castigos que duran de un año a toda la vida a aquellos que han amenazado a la integridad del juego, sino también a los que se han se han enfrentado a su monopolio. En la primera mitad del siglo XX se persiguió a los peloteros que saltaban de una liga a otra y durante el breve período en que la Liga Mexicana intentó establecerse como un rival al comprar a algunos jugadores, aquellos que aceptaron una oferta, como Max Lanier y Sal Maglie, inicialmente fueron castigados con prohibiciones de por vida. Compare esto con la forma en que el comisionado Ford Frick manejó el caso de Ed Bouchee, primera base de los Phillies, que fue arrestado en 1958 por exhibicionismo ante unas menores. Fue suspendido indefinidamente, no como castigo sino por tratamiento. Cuando los Phillies dijeron que Bouchee estaba listo para regresar, Frick dijo: “No voy a perseguirlo solo para demostrar que estoy en contra del pecado… Hay algo que habla bien de él: nunca le puso la mano encima a nadie… Había sido poseído por un vicio horrible, pero ahora está libre de él”. Bouchee se había perdido los primeros 41 juegos de la temporada. Había amenazado a menores, pero no la capacidad del béisbol para ganar dinero.

Las cosas han cambiado muy poco en este sentido. Luhnow y Hinch estarán ausentes por un año y tal vez se hayan ido para siempre, pero recuerde que la suspensión más larga por un acto de violencia doméstica sigue siendo los 100 juegos del zurdo de los Padres, José Torres, por apuntarle con un arma a su esposa en 2018. Es decir, la MLB considera que lo que la autora Rachel Louise Snyder califica como “terrorismo de pareja íntima” afecta menos al futuro del béisbol que el robo de señales con ayuda de video. Ambos son amenazas. Hay más de una forma de definir la “integridad” y son tan importantes los castigos impuestos a los Astros como lo otro. Es vergonzoso que el comisionado (y la Asociación de Jugadores, puesto que estas sanciones son negociadas colectivamente) no pueden ver eso.

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