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Image credit: USA Today Sports

Traducido por José Hernandez Lagares

Los Somerset Patriots ficharon al OF-I Endy Chávez a un contrato de un año [26 de febrero]

Los Somerset Patriots juegan en la Liga Atlántica, el nivel más alto del béisbol independiente. Tienen un lindo estadio en Bridgewater, New Jersey, cerca de la ciudad de Nueva York; el parque se encuentra cerca de donde la carretera interestatal 287, el circuito periférico de la ciudad, se junta con la carretera US 22, la cual empieza por el aeropuerto de Newark y cruza hacia el oeste hasta las afueras de la región Appalachia. Bridgewater es la última urbanización antes de que el paisaje se vuelva completamente rural. El estadio se encuentra junto a la estación de trenes, cruzando la calle de un centro comercial suburbano bastante grande, anclado por Home Depot, Target, Costco, Old Navy, y Applebee’s. Puede ser que no conozcas la zona si no eres de por aquí, pero es idéntico a cualquier otro suburbio de este país.

Con la reciente desaparición de los Bridgeport Bluefish, Somerset es el último equipo original de la Liga Atlántica desde su formación a finales de los 90s. Su especialidad es la experiencia accesible del estadio para una familia suburbana con una dosis saludable de cursilería beisbolera neoyorquina. No favorecen particularmente a los fans rebeldes de los Yankees o los Mets, como lo hacen los Long Island Ducks, quienes han hecho su marca de la nostalgia neoyorquina, pero los Patriots tuvieron a Sparky Lyle como su manager durante 15 años.

Endy Chávez es uno de los íconos menos probables en la historia de los Mets. Cuatro veces jugador del equipo en papel, Chávez se formó en las ligas menores de los Mets, sólo para ser reclamado en el draft de la Regla 5, regresado, cambiado, reclamado en exenciones y perdido en exenciones antes de hacer su debut en ligas mayores para los desaparecidos Montreal Expos. Cuatro años después, seria dejado en libertad a la agencia libre por los Phillies, y Omar Minaya, quien había sido gerente general con los Expos, lo trajó a los Mets para la temporada de 2006.

Chávez se convirtió en una sensación casi instantánea en Flushing; un avatar divertido y sin ataduras para un equipo al alza, el precursor del fenómeno Bartolo Colón casi una década antes de que Colón fichase con los Mets. Con Cliff Floyd lesionado en el jardín izquierdo y Xavier Nady siendo lo más cercano a un jugador regular en el derecho, Chávez rápidamente se afianzó con el puesto de pelotón en los jardines durante el 2006, desplegando defensa, velocidad y una inexplicable explosión de sencillos que ocasionalmente lo elevaban a ser un bateador de .300 durante media temporada. También parecía que siempre estaba en medio de los eventos raros y emocionantes; hubo un toque para ganar el partido, una gran atrapada que salió literalmente de la nada, un cuadrangular para empatar el partido en la novena entrada, un partido de cuatro hits con un sencillo para tomar la ventaja en la lluvia. Estoy convencido que Chávez no tuvo ni más ni menos de estos momentos que cualquier otro jugador con bríos, y así parecía si lo veías con regularidad, pero siempre parecía que estaba involucrado en los momentos importantes.

Desde luego, el momento más grande de Chávez llegó en el último partido que jugaron los Mets en el 2006, el juego 7 de la Serie de Campeonato de la Liga Nacional. Con el juego empatado en la sexta entrada, Scott Rolen conectó una pelota destinada a las gradas del jardín izquierdo, pero Chávez escaló la barda y atrapó la bola, e inmediatamente disparó un strike a su relevo para hacer el doble play a Jim Edmonds en primera base. De haber ganado el partido y la serie, la atrapada de Chávez hubiese sido recordada como una de las más grandes jugadas de la historia del béisbol, y el jugador quien la realizó sería una leyenda. En lugar de eso, los Mets perdieron, el Wall Street Journal nombró “la atrapada” como “la mejor jugada que no importó”, y Chávez prosiguió como un minúsculo ícono de culto en vez de un héroe de la postemporada.

Chávez básicamente ha estado en declive desde entonces, durante 11 años. Su producción ofensiva decayó en 2007 y 2008. Los Mets lo incluyeron en el desastroso intercambio por J.J. Putz antes de la temporada de 2009 y Seattle lo instaló como su jardinero izquierdo cuasi-regular en medio de varios intentos por construir un equipo alrededor de la defensiva y la prevención de carreras. En junio de ese año, se lesionó la rodilla y tardaría casi dos años en recuperarse, acelerando el declive de su paquete de velocidad y defensa. En 2011 tuvo un rebote casi felino, consiguiendo batear .300 siendo el jardinero central semi-regular en Texas, y aguantando tres temporadas más como jardinero suplente, terminando en Seattle durante sus dos últimas campañas. De vez en cuando, podía encontrar esa magia—en uno de sus últimos partidos de grandes ligas en agosto de 2014 consiguió una base por bolas con dos outs y 10 lanzamientos para mantener vivo el rally—pero básicamente era ya un mal bateador y un defensa muy disminuido.

Esta historia podría haber terminado en marzo de 2015, cuando Chávez solicitó ser liberado de los Mariners para atender un asunto familiar—que resultó ser un complicado caso de custodia internacional; otro eco de Bartolo Colón, otro signo de cuan poco sabemos de estos adorados hombres de la pelota. Apareció nuevamente en la Liga Atlántica en 2016, tratando de regresar a las mayores. A pesar de liderar la liga en porcentaje con .345, nadie lo buscó. De ahí fue a la Liga Mexicana de verano en 2017, donde consiguió batear .343, y a pesar de eso, su página de Rotoworld no tenía actualizaciones desde hace tres años.

Chávez vive en otro suburbio de New Jersey, a menos de una hora en coche del estadio de los Patriots; ese traslado es, en parte, el por qué los escogió en lugar de ir con Wally Backman a los New Britain Bees. Pero resulta fascinante considerar las razones por las cuales Chávez, un pelotero quien ganó más de $11 millones en las ligas mayores, quien podría fácilmente conseguir un trabajo como entrenador o scout como su hermano Ender, todavía se encuentra luchando en la liga independiente por un par de miles de dólares al mes. Todavía es lo suficientemente bueno para batear un montón de sencillos contra lanzadores de liga menor. Pero si quiere regresar al béisbol organizado, ¿no debió haber sido hace un par de años?

Si amas el juego de la misma forma que Endy parece hacerlo, salir cinco o seis veces por semana, esta no es la peor vida: un desplazamiento de 45 minutos al trabajo, jugar con un equipo que congrega a 5,000 aficionados por partido, recibir algunas porras de quienes te recuerdan de tus mejores días y ganar un poco de dinero. Y siempre hay una oportunidad, ¿o no?

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