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Image credit: USA Today Sports

Traducido por José M. Hernández Lagunes

El juego no es verdaderamente nuestro ahora mismo. Mientras el gobierno de los Estados Unidos atraviesa dificultades técnicas, y los Yankees y Mets de la política estadounidense moderna se culpan entre sí, el béisbol parece estar susurrando las primeras palabras de un partidismo similar, una batalla de millonarios contra multimillonarios. Los millonarios han tenido una mala racha—y no debe sorprendernos, ya que Estados Unidos siempre se ha puesto del lado de los multimillonarios en tiempos como estos—pero el negocio del béisbol es un deporte diferente, uno sin aficionados. Una pretemporada con pocas historias se ha transformado rápidamente en una época con una gran historia. ¿Es colusión? ¿Reconstrucción? ¿Sabermétricas? ¿Mala negociación? ¿Relojes de lanzamientos? ¿Capitalismo? Nadie está seguro, excepto en un aspecto: la cerveza seguirá costando $10 dólares cuando las puertas abran por fin.

Cuando los Piratas desterraron a sus dos máximas estrellas, fue al mismo tiempo el movimiento más convencional del mundo y un golpe al vientre. En una era de ventanas de postemporada, una curva sinusoidal de ascensos y descensos, la era del héroe de un solo equipo está muerta, fuera de los perennemente competitivos Nueva York y St. Louis. Los analistas quienes aceptan los sistemas, quienes tratan de usarlos, asentirán con la cabeza: la pregunta no era si estaba bien canjear a Andrew McCutchen y Gerrit Cole, sino qué tan bien hicieron este acto necesario. Los alumnos de artes liberales, esos quienes fueron instruidos por sus profesores de inglés de preparatoria de que miraran a sus balances bancarios para cuestionar el estado natural del universo, miran esta situación y se preguntan: ¿No hay una mejor manera?

Nosotros, tanto aquí en Baseball Prospectus como en el béisbol en general, laboramos en empresas que miran hacia el futuro. El futuro es donde se encuentra el dinero, y las victorias se traducen en dinero de manera sencilla. Los sistemas son vistos como reglas: conceptos que deben ser empujados, doblados, manipulados, como fuentes de optimización. El enmarcado de lanzamientos es, en sí, una negación de las intenciones del libro de reglas: una debilidad en la estructura (la habilidad del umpire para juzgarla) hecha realidad, sus límites empujados y escarbados de valor. Pero también hay valor en la historia: la historia otorga la posibilidad de ver que cada sistema es un vendaje puesto sobre otro vendaje. El béisbol (y el gobierno estadounidense, ya que apenas entramos en el tema) no son diamantes perfectos, o ejemplos de intervención divina: son arreglos precipitados, echados unos sobre otros, que van desde la Constitución hasta el primer momento en que el béisbol decidió que los lanzadores podrían tratar de sacar a los bateadores.

Que hayamos llegado a esta situación sin que ningún agente la busque específicamente no lo hace menos grave. Más aún—el futuro que se extiende delante de nosotros no ha sido creado intencionalmente, sino como producto desconocido de otras mil decisiones y escaramuzas en el camino. La cláusula de reserva, la suburbanización de la Norteamérica blanca, la apertura de Cuba, la cirugía Tommy John: todos estos factores, dentro y fuera del juego, tienen efectos de onda expansiva en los sistemas por los que se forma el béisbol, y como no hay nadie quien sea culpable, no hay nadie quien lo arregle. Lo mejor que podemos esperar es un vendaje particularmente fuerte, uno que pueda aguantar cualquiera que sea la próxima crisis cuando aparezca.

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Las proyecciones de PECOTA todavía no se publican; estamos a unas semanas de ello. Pero resulta claro que el juego, tan mecánicamente orientado hacia la paridad, se encuentra tan dividido como en cualquier momento desde las disparidades de nómina de los 1990s. Sólo cuatro equipos—los Angels, Giants, Yankees y Phillies—realizaron esfuerzos decisivos para mejorar sus posibilidades de alcanzar la postemporada en 2018, y uno de ellos fue empujado a ello por gracia de la “navaja suiza” Shohei Ohtani. Otros equipos de media tabla como los Pirates o los Rays, posicionados para solamente soñar, cerraron sus puertas con seis meses de antelación. Resulta fácil entender cómo este fenómeno es simplemente la conclusión natural de los Astros y los Cubs, el máximo halago de la imitación y la eficiencia maximizada del valor de un jugador en el juego moderno (Imagina cómo los Cubs desperdiciaron todos esos años de Ernie Banks…). Resulta igualmente fácil de entenderlo y decidir que, para la mayoría de los aficionados, esto es un problema real. O tal vez es el síntoma más reciente de algo más grande.

El verdadero problema del béisbol, lo que lo conduce a la inhumanidad, es el ganar.

Ganar es lo que separa lo que sucede en el campo de casi cualquier otro aspecto de nuestras vidas, y las vidas borrosas de la gente que lo conduce. No se puede ganar pintando un cuadro, ni criando a un niño, ni ganando un salario, y cada intento de crear condiciones para ganar en estas cosas, concursos y premios, torcerlos en algo más oscuro. Hacer que cualquier meta sea alcanzable, eliminar su subjetividad o matiz en un conjunto estricto de reglas objetivas y repetibles, convierte ese acto en una copia de sí mismo. No es que esto sea inmoral—un conjunto de reglas es simplemente un contrato social acordado por todos los jugadores—pero mientras dure ese estado de juego, los jugadores no son realmente libres. Son actores. Esta es una de las razones por las que los jugadores de béisbol usan uniformes: para denotar su persona de jugador de béisbol a la de su persona ordinaria.

Como base de afición, y particularmente dentro de esta pequeña esquina, hemos aceptado de manera general el movimiento del análisis del béisbol durante estos últimos 20 años. Para el analista, las oportunidades de maximización y especialización son muy atractivas; para el escritor, la alternativa de escribir algo distinto a las frases prefabricadas de los equipos resulta la panacea. Pero ofrece menos ayuda para la gente de Pittsburgh o de Tampa, cuyos equipos decidieron dejar de intentar hacer lo único que se nos ha enseñado a apreciar a nuestra generación.

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Entonces, ¿qué alternativas tienen los equipos marginalmente competitivos? Existe la alternativa tradicional al béisbol real en forma de Los Niños: siguiendo los niveles inferiores, registrando su progreso, buscando tesoro. No hay nada malo en esto, pero existen un par de peligros: uno es el arco entre destruir y reconstruir hasta conseguir ser entretenido se ha convertido tan predecible para estos equipos que para las divisiones inferiores de las organizaciones, es trabajo de peones. También es básicamente sólo enfocarse en ganar, pero pidiendo prestado sin poder pagar.

Existen los deportes de fantasía, el gran emancipador geográfico del aficionado moderno; si, es equitativamente abusivo del trabajo de los jugadores con la carga silenciosa de su desempeño, pero al menos le da al aficionado un sentido de pertenencia. El apoyo activo se convierte más difícil al tener que seguirlos en distintos husos horarios, pero es bueno elegir a tu propio equipo para apoyar, en vez de que te den uno prefabricado. Para llevar el punto todavía más lejos, uno podría recluirse de este frío mundo completamente y vivir, como lo hizo J. Henry Waugh, en los mundos ficticios de Strat-O-Matic o Out of the Park.

Pero hay una opción final, una que creo es más limpia y fácil que las anteriores. Para que te importen los deportes en necesario enredarse un una maraña de alianzas conflictivas y paradójicas, alinearse con corporaciones y empleados en alegría y miseria simultánea. En un episodio reciente del podcast Effectively Wild, un escucha de Pittsburgh nos envió un email preguntando que si ya que los Pirates se han dado por vencidos, ¿es aceptable seguir al equipo de su jugador favorito Andrew McCutchen? Ben Lindbergh y Jeff Sullivan comenzaron con la respuesta obvia—la afición, al ser inocua, no necesita permiso—y Lindbergh advirtió que una doble ciudadanía entre Pirates y Giants acabaría en tensión. Pero yo lo llevaría un paso más adelante, diciendo: sigue tus intereses, pero olvida a los Giants.

Si sientes que todo está bien, que 2018 es una corrección del mercado y que te encuentras a tan solo un rumor de Lorenzo Cainn de la satisfacción, no te preocupes por todo esto. Pero si estas en Tampa cuestionándote que parador en corto va a jugar primera base, o si Kansas City disparó su última bala, haz algo. Recula contra las reglas del fanatismo beisbolero que dicen que sólo los campeonatos importan. Pasa un mes o toda la temporada estudiando a un solo pelotero, disfrutando de cada turno al bat, de cada lanzamiento, ignorando el resto. Ignora la manipulación de la plantilla, ignora el mercado de agentes libres, ignora los momios para la postemporada. Observa a Andrew McCutchen no por los que ofrece, sino por lo que hace o lo que deja de hacer, deleitando sus intentos. Haz de tu afición una empatía. Haz el juego tuyo otra vez.

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