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Traducido por José M. Hernández Lagunes

El lejano oeste sobrevive hoy en día como un capítulo importante de la identidad norteamericana: un símbolo de adolescencia nacional, su espíritu y su temeridad. El occidente como tal ya fue pavimentado y existen muchos fantasmas debajo de ese asfalto, pero todavía tenemos wésterns, colectivamente todavía intentamos capturar la esencia de aquella frontera. De otra forma, no resulta sencillo conservar la memoria; hasta las películas y programas de televisión fallan al intentar transmitir la sensación de la vida en esa época, del frío y la anarquía y la injusticia y la movilidad social permitida por una falta de sociedad.

El béisbol también sufre de estos mismos conflictos. Mientras, gracias a nuestro viejo amigo Hank Chadwick, conocemos a la perfección la historia del béisbol, sufrimos de una falta de entendimiento de: cómo se sentía, qué pensaba la gente de él. Tenemos a sus reporteros y sus boletas colectivas de elección al Salón de la Fama. Pero al preguntar algo tan simple como “¿quién fue el mejor jardinero de todos los tiempos?”, es fácil olvidar que nos faltaban algunas herramientas sencillas que ahora damos por sentadas.

WAR no existía; la estadística de Victorias Compartidas apareció por primera vez después de que los Mariners hicieran su última aparición en los playoffs. Los ochentas fueron una época en donde mentes brillantes del béisbol hacían tanteos, haciendo preguntas, a veces haciendo preguntas muy malas. Era verdaderamente el viejo oeste del pensamiento beisbolístico, una anarquía y un entendimiento casi inconsciente de que algo, algo excitante, se encontraba tras el horizonte.

Durante esta época, en 1987, Eugene y Roger McCaffrey compartían dos cosas: el amor por el béisbol y una agencia de publicidad por correo directo. Combinando estos dos bienes, tuvieron una idea: enviar una encuesta no-solicitada a cada beisbolista vivo que pudieron encontrar, recabar las respuestas y usarlas para decidir quiénes eran considerados como grandes por los grandes. Enviaron más de 5,000 cartas y obtuvieron 645 respuestas. A partir de ahí, armaron sus clasificaciones, por posición, de los grandes de la historia del béisbol, en un libro, Players’ Choice, publicado afortunadamente en la cúspide de la era moderna.

Las encuestas enviadas contaban con varias preguntas (¿Debería existir el bateador designado? ¿Quién era el out más difícil?) pero por ahora, reflexionemos sobre cómo los beisbolistas juzgaban a otros beisbolistas hace 30 años. (Todo cálculo utiliza WAR de Baseball-Reference, con asteriscos denotando carreras truncadas o, en el momento de su publicación, todavía no declinando obviamente.) Los bateadores:

Lo primero que obtenemos de estos resultados es que los jugadores realizaron bastante buen trabajo. Tuvieron algunos errores, desde luego, pero los reporteros también se equivocan, especialmente los de dicha época.

Desglosando las tendencias:

  • Los grandes del siglo XIX fueron generalmente excluidos. Esto será más evidente en cuanto a los lanzadores, donde sus estadísticas y sus miles de millones de juegos al año se traducen mejor a los cálculos actuales de WAR, pero el sesgo de selección es natural. La gente se inclinará más en su experiencia personal y eso significa lo mejor de sus contrincantes. Todos los que le lanzaron a Ross Barnes fallecieron hacía mucho tiempo.
  • La gente quería a sus Yankees. Otro elemento de la historia previa al internet es que tendemos a olvidar cuan local era todo. Los jugadores eran obviamente menos susceptibles a esto que los aficionados, ya que ellos viajaban y jugaban contra todos, pero la nostalgia y el folclor que creció alrededor del béisbol tendió a acumularse cerca de las dinastías. De la misma manera que el premio MVP solía ir automáticamente al aparente líder del equipo con la mejor marca, sin importar su producción, los Yankees reciben mucho crédito retrospectivo sólo por ser los Yankees. La presencia de nombres como Bobby Richardson, Phil Rizzuto y Red Rolfe (y Allie Reynolds) debajo es uno de los resultados más predecibles del ejercicio.
  • Para los bateadores, la duración parece haber contado más que el pico. Roger Maris, aquí ausente, es el mejor ejemplo de esto, pero en general los jugadores tendieron a considerar que los mejores bateadores fueron quienes se mantuvieron a un nivel. Quizás sea un reflejo de la maratón diaria de un jugador de posición.
  • Los jugadores multi-posicionales destantearon a los votantes. No resulta claro cómo lo manejó la encuesta, pero los jugadores quienes cupieron en varias categorías tendieron a ser peores. Pete Rose obtuvo votos en primera y tercera base, y seguramente pudo acabar más arriba en una clasificación general. Lo mismo con Harmon Killebrew, quien jugó tanto primera como tercera base.
  • Los mismos beisbolistas no tenían idea de cómo evaluar la defensa. Muchos de los peloteros a quienes veríamos hoy como sobrevalorados en esta lista fueron especialistas defensivos: Bill Mazeroski, Ozzie Smith (sólo a la mitad de su carrera al momento de la publicación), y Luis Aparicio. También explica a Gil Hodges, a quien los votantes eligieron por mucho como el mejor primera base de todos los tiempos, por encima de una década de trabajo de Keith Hernández. Los McCaffrey, miembros de SABR, tienen sus dudas. En cuanto al incuestionable trabajo de Brooks Robinson como uno de los mejores tercera base, encogen los hombros y dicen: “¿La ventaja competitiva de Robinson vale 244 home runs?”

Es una lista bastante buena, pero tiene omisiones obvias. Cap Anson cae dentro de la regla del siglo XIX pero parece los suficientemente famoso, y la lista de primera base es lo suficientemente débil para entrar en ella; yo preferiría que no estuviera. Eddie Collins se encuentra penosamente bajo; tal vez no realizó suficientes toques de sacrificio para el gusto de los viejos. Nap Lajoie es una omisión sorpresiva; siempre le asocié con la misma clase de jugador que fueron Charlie Gehringer, Honus Wagner y Rogers Hornsby, o al menos apenas por debajo de ellos. Se les olvidó. Rod Carew quizá sufre del síndrome multi-posicional y no aparece en segunda base.

El sesgo de selección hirió a los jugadores modernos-en-1987, así que no es sorprendente que Robin Yount no aparezca; Cal Ripken sólo llevaba cinco años de carrera. Alan Trammell y Lou Whitaker faltaban, pero Whitaker todavía falta. Ron Santo… bueno, sería sorprendente si Santo hubiese recibido voto alguno. Es un poco irreal que Carlton Fisk no supere a Walker Cooper. Y aunque quiera sorprenderme por la falta de votos para Josh Gibson u otras estrellas de las Ligas Negras, todavía no estábamos en ese punto.

Un último punto por resaltar: una de las cosas interesantes de los libros desechables de historia tal como Players’ Choice es que ofrecen visiones aleatorias dentro de asuntos bien amados del ayer. Como Días Felices o El Chavo del Ocho. O Neil Diamond y Julio Iglesias.  O Pie Traynor. La generación anterior adoraba a Pie Traynor—en 1976, Topps desarrolló un subconjunto con The Sporting News para establecer al mejor jugador de la historia en cada posición, y escogieron a Traynor sobre Robinson, quien se retiraba. No lo entiendo. Nunca lo entenderé. Aparentemente era tan obvio en su momento que nadie se preocupó por siquiera debatirlo, así que jamás conoceremos los argumentos a favor y en contra. Hombre, qué rara es la historia…

Dicho eso, pasemos a los lanzadores:

  • Para los lanzadores, el pico supera a la longevidad. La presencia de Herb Score en la lista es prueba suficiente, pero dos años de Dwight Gooden revelan que toma algo de tiempo asustar a un bateador. Especialmente para los lanzadores derechos, como algunos de los que hoy consideramos ser de los más grandes de todos los tiempos—Phil Niekro, Bert Blyleven, Gaylord Perry y Fergie Jenkins—no llamaron la atención de la misma manera que otros lo hicieron.
  • Vivimos en una época plateada de lanzadores zurdos. A diferencia de las demás posiciones, resultó muy difícil encontrar desaires en la lista de lanzadores zurdos. Hay que remontarse hasta Frank Tanana, quien es básicamente el opuesto a lo que los votantes quieren. Los ochentas fueron años particularmente privados de talento. Y sin embargo, tan sólo una década después de la publicación del libro, veríamos una lista con nombres cómo Randy Johnson, Tom Glavine, Andy Petitte, David Wells y Jaimie Moyer, quienes tranquilamente podrían estar al lado de Herb Pennock.
  • Existió un pelotero llamado Herb Pennock. Lo revisé dos veces.

¿Hay algo que destacar de este ejercicio? Creo que es claro que la existencia de WAR ha alterado fundamentalmente nuestra forma de apreciar el talento. Las estadísticas no son el final, como muchos lo temían al finalizar la época; todavía existe espacio para el debate y la conversación. Pero lo que ha logrado WAR es voltear el orden. Al leer viejos libros de béisbol, lo más notable es que la discusión comienza con el legado y es reforzado con estadísticas, mientras ahora es lo opuesto; vemos su producción y luego ajustamos ese total basándonos en factores atenuantes. Las posiciones en la clasificación de Ty Cobb y Joe DiMaggio podrían ser intercambiadas hoy, simplemente basándolas en el orden operativo al momento de evaluarlas.

Amo los libros como Players’ Choice, no solo porque es un buen o mal libro, pero porque está atado a su momento. Leer las explicaciones de los votos ofrece una visión cruda y honesta de una forma que la nostalgia esconde cotidianamente. (Al preguntarle a Jim Brosnan quien era su escritor de béisbol favorito, respondió “Jim Brosnan”.) Mirando el proceso mental de la generación anterior, observando sus prejuicios y las líneas de preguntas que no llevaban a ningún lado, nos ofrece un reflejo de nuestra propia persecución del entendimiento ideal. Después de todo nuestro análisis, también estaremos equivocados, a veces al nivel de Pie Traynor. Pero será divertido averiguar hasta que nivel.

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