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Traducción por José M. Hernández Lagunes

La larga y extraña odisea de Bartolo Colón está por terminar. Después de 523 inicios, cuatro Juegos de las Estrellas y un premio Cy Young, el lejano puerto de casa se aproxima.

Han sido seis meses difíciles para el hombre al que llaman Big Sexy: un desastroso ERA de 8.14 en 13 inicios para los Braves, seguido de un despido y 10 salidas competentes para Minnesota, quienes continúan una carrera improbable hacia la postemporada. Sus números periféricos son idénticos debajo de la fachada, con una división de DRA de 6.40/7.37 y los típicos sospechosos de HR%, BABIP y tasa de corredores dejados en base fluctuando de un extremo al otro.

Aunque claramente es el final, es un final placentero para muchos fanáticos del trabajo de Colón y particularmente de la manera en que lo realiza. Todo el mundo adora una particularidad, y en este momento no hay particularidad mayor que el lanzador de 44 años y de más de 150 kilos. Posiblemente ese sea su legado: el casco cayendo al realizar un toque, la sonrisa junto a las papadas, la inclusión al Salón de los Muy Buenos. Es el tipo de jugador de quien se hablará cuando se vaya, como Fernando, Dykstra o Bo.

Y tiene sentido, pero querer a Bartolo Colón también requiere una disonancia cognitiva superior al promedio, el conocimiento de que todas las otras piezas de la persona: la infidelidad, los esteroides. Y resulta justo que su legado, independientemente de Colón mismo, sea una particularidad tan similar al mismo jugador. En Baseball-Reference, los comparativos incluyen a algunos viejitos como Jamie Moyer, David Wells y Kenny Rogers. Pero existe un sólo hombre con quien comparar a Colón, quien es unos años mayor: un hombre sonriente llamado William Jefferson Clinton.

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La carrera de Gary Hart no tomó la misma dirección que la de Bartolo Colón.

Hart—un senador popular de Colorado en los años 70—era visto como el principal candidato del Partido Demócrata en la época posterior a Carter. Una nominación presidencial parecía casi segura, dado que cumplía con todas las condiciones: joven y carismático, y al mismo tiempo experimentado, particularmente en política exterior. Ver un ejemplo de un discurso de campaña en 2017 es un ejercicio de traducción, pero incluso por los estándares de su tiempo—los políticos tienen que ser ajustados para la época tal y como se hace con los jugadores de béisbol—Hart era un admirado político e intelectual, cómo Adlai Stevenson pero con pelo.

Hart perdió las elecciones primarias de 1984 contra Walter Mondale por un margen muy pequeño, y éste, a su vez, fue aplastado por Ronald Reagan, perfilando a Hart y su energía como el principal candidato para 1988. Pero a pesar de su conocimiento político distaba mucho de ser perfecto. Sus allegados a menudo lo consideraban distante, intelectual y tan seguro de sí mismo que podía decirse que tenía un complejo de superioridad. Pero otra imperfección y otro caso de coincidencia fueron lo que finalmente destruyeron su carrera. Hart era mujeriego.

Por supuesto, no era el único, y ninguno de ellos era particularmente sutil. En esa época, no había necesidad de ser sigiloso: los asuntos privados (y hasta los públicos) de la clase política de Washington D.C. eran bien conocidos y jamás reportados. Se consideraba por debajo de los niveles de la prensa reportar sobre ese tipo de sensacionalismo; lo que importaba eran los puntos y las cualificaciones de los hombres que manejaban el país. Los políticos tenían vidas verdaderamente privadas, por muy difícil que resulte creer el día de hoy.

La carrera de Hart representa la ruptura de ese paradigma, remplazado por el actual. Existen muchos argumentos para explicar el por qué: la pérdida de confianza en el gobierno después de Watergate, la ascendencia de popularidad de la Coalición Cristiana de Pat Robertson y su énfasis en el carácter de la persona. Tal vez era el camino inevitable de la prensa, que siempre se ha inclinado hacia el sensacionalismo. A pesar de las tendencias subyacentes, el punto de quiebre fue obvio: el momento cuando reporteros del Miami Herald, escondidos detrás de los arbustos afuera de un hotel en Washington D.C. una madrugada, confrontaron al precandidato presidencial Gary Hart al salir con una mujer, Donna Rice, quien no era su esposa.

Hart nunca se recuperó del incidente. Después de tratar de soslayar la historia, el Washington Post amenazó con publicar un reportaje sobre otra novia, y después de otra sesión de indignación—¿cómo él, quien ya tenía trazados los primeros 100 días de su administración, podría ser depuesto por tal pequeñez?—suspendió su campaña. Trató de revivirla antes de las elecciones primarias en New Hampshire, solo para ser confrontado en una rueda de prensa con una pregunta directa: “¿Es usted un adúltero?” Su carrera se apagó en el silencio que le siguió. Cuando se dio cuenta que no podría responder la pregunta y que nunca dejarían de preguntarla, se dio por vencido. Nunca volvió a ejercer en política.

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Gary Hart no es el centro de esta historia. Si terminara aquí, con Hart siendo infiel a su esposa y forzado a retirarse, no sería mucho más que un cuento con moraleja. Pero el Partido Demócrata nominó a otro candidato: Bill Clinton.

El béisbol es un deporte maravilloso ya que niega un sentido de justicia. Las versiones de éxito y fracaso abundan y se repiten tanto que nos fuerza a pensar que el éxito es una cuestión de probabilidad: cuatro de cada 10 triunfos, seis de 10 derrotas. El héroe de un día es el chivo expiatorio al siguiente. A excepción de la postemporada, no nos permitimos el problema de Joe Namath de ver un triunfo y sentir la necesidad de crear una narrativa a su alrededor. No tenemos opción: lo vemos todo el tiempo. Alguien intentará hacer algo y fallará; en la siguiente oportunidad, bajo las mismas circunstancias, tendrá éxito. Es como el gato de Schrodinger pero sin la tapa: podemos ver la arbitrariedad del universo.

Ese no fue el caso con Gary Hart, quien fue deshecho en un instante y después vio a su sucesor caer bajo las mismas circunstancias—esta vez, la pareja fue Gennifer Flowers—pero resultó ileso y fue premiado con ocho años de mandato presidencial. La diferencia entre Clinton y Hart fue la experiencia: la experiencia de ver a Hart y saber qué no se debe hacer. Hart le dio al equipo de campaña de Clinton la experiencia necesaria de cómo atacar un escándalo y superarlo.

En los 12 años desde que Mark McGuire y sus amigos testificaron ante el congreso, el béisbol ha visto una gran variedad de ajustes de cuentas y más variedad de indiscreciones médicas. Comenzó en abril del 2005 con la extraña, casi inocente suspensión de 10 partidos para Alex Sánchez, aquel de los seis home runs para su carrera. Después, en agosto, Rafael Palmeiro recibió una suspensión idéntica, causando que las reputaciones de los peloteros que testificaron bajo juramento ante el congreso, sean manchadas y negándoles cualquier esperanza de entrar al Salón de la Fama.

Pero casi nadie puede nombrar al más reciente transgresor, David Paulino de los Astros, quien fue descubierto usando Boldedona y perdió mitad de la temporada. Los dos jugadores suspendidos en el 2017 son la marca más baja desde el 2011, pero la cantidad de condenas—60, incluyendo a infractores repetidos—y los nombres condenados públicamente en el Reporte Mitchell han transformado el enojo inicial en disgusto nebuloso. Existen casos extraordinarios que resaltan en nuestra memoria: A-Rod y BALCO, Ryan Braun y el caso de la orina confundida, o el destierro de Jennry Mejía del béisbol.

Pero a pesar de tener reputaciones dañadas, hay varios que superaron este escándalo sin que su imagen sea afectada. El primero fue Jason Giambi, tan cercano al arquetipo de Sosa/McGuire, quien se transformó de una superestrella musculosa en un papá adorable, a pesar de los reflectores neoyorquinos. Figuras familiares y queridas como Cameron Maybin, Yasmani Grandal y Francisco Cervelli cumplieron condenas de 50 juegos. Muchos aficionados a los Mariners no están conscientes, o no les importa, que en el equipo actual están dos tramposos: Nelson Cruz y Carlos Ruíz. Y por supuesto, en el 2012, estuvo Bartolo.

Existen muchas razones para que Bartolo caiga en la segunda instancia, tomado el curso de historia de Clinton en vez del de Hart. Que haya ocurrido tarde en su carrera, mucho después de la dominancia de su juventud y la tinta de sus estadísticas se había secado, lo que seguramente subrayó la inocuidad de su táctica. También puede ser su carisma físico, la buena voluntad de sus arrugas y la papada producida por esa sonrisa chusca. Pero en el 2012, Colón todavía no ostentaba esos bienes a su potencial para generar GIFs; su casco no se había caído, y su suspensión fue recibida con un gesto de diversión.

Se podría argumentar que las suspensiones en sí mismas ayudaron a destruir el estigma negativo de los esteroides: que el castigo como tal otorgaba la absolución que para McGwire y Sosa nunca existió. Vincula un valor a cualquier cosa, un costo a cada beneficio, y el resultado se convierte en una transacción; Colón no estaba haciendo trampa, tan solo usaba una estrategia para maximizar su carrera. Puede ser un punto de vista cínico, pero esa misma lógica se aplica a cada aspecto del juego: sean los fichajes internacionales como la explotación de una regla. Colón podría considerarse como un vanguardista de los esteroides pasando a ser una caída moral en lugar de cometer trampa.

También es posible apuntar a otro factor: Colón no mintió. Cuando fue suspendido, su respuesta fue lo más simple posible sin caer en la vulgaridad: “Pido perdón a los aficionados, a mis compañeros, y a los A’s de Oakland. Acepto la responsabilidad de mis actos y acataré mi suspensión tal y como indica el Programa Adjunto de Narcóticos”. Sin duda, es una virtud poco reconocida del siglo XXI el ser expuesto por cometer un error y no cavar una tumba más profunda. Pero una comparación a los primeros y odiados tramposos sería poco afortunada, ya que no tenían la menor idea, a diferencia de Colón, cuál sería el precio de la verdad.

Ni Clinton ni Hart usaron la estrategia de Colón exactamente; el presidente acabaría enzarzado en otra indiscreción más adelante, y en esta ocasión su desdén por la verdad dañó severamente su segundo mandato. Pero en términos de política moderna, hemos descubierto que la opinión pública tiene sus propias épocas, y que cómo los beisbolistas, a veces la gente nace en épocas equivocadas. Es una lección insatisfactoria. El concepto de justicia depende de la consistencia; nuestra cultura y nuestro deporte dependen de la idea, o el mito, de que el bien se premia y al mal se castiga.

Hart y Clinton, Colón y Palmeiro cometieron crímenes similares y recibieron castigos sumamente distintos. Uno puede cuestionarse el papel de los medios de comunicación en estos factores, con el interés de vender más periódicos, pero a fin de cuentas los medios son sólo un reflejo de la gente a quien le venden sus periódicos y sus anuncios. Es innegable que Colón, tal como el presidente, sabía exactamente lo que no debía hacer: usar la quinta enmienda de la constitución.

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Los esteroides son una parte del legado de Colón, pero existe un paralelismo más directo a Gary Hart: su vida privada. Hace un año, un error administrativo en un juicio privado reveló que debía dinero de pensión alimenticia a una mujer con quien había mantenido una relación extramarital durante algún tiempo. Se registró como su propio abogado, lo cual le hizo aparecer en el récord público. Ambas partes alcanzaron un acuerdo un mes después bajo circunstancias mucho menos privadas, sin decir nada pero aceptando los términos.

La pregunta es la misma que en 1988: ¿Le importa a la opinión pública? El caso es mucho más grave contra un político, cuya fibra moral puede ser usada como punto de comparación a su servicio público. (Cuánto debe serlo es una pregunta que como nación tenemos gran dificultad en contestar). Pero para Colón, un tipo que lanza una pelota en un campo de pasto, ¿cuánto debería impactar en su reputación?

Este caso comienza con América v Barkley en 1993 y nunca ha sido resuelto satisfactoriamente. Cuando hablamos de beisbol y reputación, los aficionados no temen mezclar su desdén hacia alguien con la evaluación de su carrera como jugador; por ejemplo, las reputaciones de Ty Cobb, Barry Bonds y Dick Allen. Los deportes profesionales han usado a sus jugadores como modelos a seguir por tanto tiempo que las generaciones actuales no tienen opción de no tomarlos como tales. Los chicos siempre les admirarán y como figuras públicas siempre serán vistos, tal vez irracionalmente, como gigantes.

Sólo los más fríos realistas pueden decir que lo verdadero es justo, y que hemos visto que tanto en el béisbol como en la vida, todo es injusto. Quiero creer que las indiscreciones maritales de Colón, las cuales nunca conoceremos a fondo, deben permanecer separadas de su trabajo. Pero si algo han probado los medios sociales y el ciclo político actual es que no vamos por ese camino. Y eso significa que la vida semi-privada que los atletas todavía disfrutan, y disfrutan una sorprendente cantidad de ella dado su nivel, probablemente desaparecerá. Un día cercano, en esta cultura que venera a las celebridades, sabremos todo de todos, y nuestros estándares de privacidad o de perdón tendrán que adaptarse.

El resultado más realista es quizá el más cínico: la gente perdonará a quien ayude a su equipo a ganar, tanto en la política, como en el deporte.