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Image credit: Troy Taormina-USA TODAY Sports

Traducido por Carlos Pérez

Cuando Luis Garcia lanzó en el juego definitivo de la serie entre Boston y Houston, los aficionados de los Red Sox tenían razones para el optimismo. Considerando que García había abandonado su última apertura con una lesión en la segunda entrada y había bajado su velocidad un par de millas por hora, Boston quizá pensó que se enfrentaría a una versión más disminuida del excelente serpentinero de los Astros.

Se equivocaron por complete, ya que García lanzó bolas rápidas de 96 mph con facilidad, superando fácilmente a la alineación de los Red Sox. Se suele pensar que la mayoría de los lanzadores lanzan con sus mayores esfuerzos todo el tiempo, y suena lógico; parece casi imposible lanzar a más de 95 mph sin esforzarse al máximo. Pero quizá hay una diferencia entre el máximo esfuerzo repetible y el máximo esfuerzo general. La mayoría de los lanzadores elevan su velocidad en los momentos más críticos, y la mayoría lo hacen en la postemporada. Esto sugiere que siempre tienen al menos un poquito de espacio para añadir millas a su bola rápida como hizo García, incluso si solo pueden hacerlo por cortos periodos de tiempo.

La bola rápida de García es digna de mención. Después de 5 2/3 entradas, García dominó a los Sox, ponchó a siete y permitió solo una caminada y un sencillo. Los aficionados de los Sox estaban furiosos, acusando a los Astros desde fingir la lesión de García en el Juego 2 a acusarlo de dopaje. Como otros señalaron, no solo su recta fue más rápida que en su apertura anterior (cuando una lesión de rodilla le bajó unas décimas a su promedio anual), también envió los lanzamientos más rápidos de su carrera hasta el momento en ese juego. Su inesperada potencia desató locas teorías de la conspiración, aunque no sabemos de ninguna manera, legal o de otro modo, que sea capaz de añadir mph al brazo de un lanzador a voluntad.

No es inusual que los abridores se guarden su mejor carta para los momentos más importantes. Se sabe que sucede en las últimas o más decisivas entradas dentro de los partidos, pero también en la postemporada. Alrededor del 65% de los lanzadores subieron su velocidad promedio en octubre, hasta el momento. El incremento promedio – alrededor de 0.4mph – es significativamente menos que lo que experimentó García. Pero el promedio entraña mucha variación, con el 5% de los abridores añadiendo tanto como una milla por hora.

Estos hallazgos se acentúan cuando vemos la velocidad máxima. El 86% de los lanzadores tienen una velocidad máxima más alta en octubre que durante la temporada regular. Reduce a la mitad su máximo por una milla por hora o más, y uno de cada seis supera su máximo por cuatro décimas, lo mismo que García.

Las críticas también hablaron de la elevada ratio de rotación de García, que fue el segundo más alto de la temporada después de una apertura en septiembre. Pero como los lectores habituales sabrán, las ratios de rotación se escalan a la velocidad: cuanto más duro lanzas, más rápido gira la bola. La sustancia pegajosa mejora la ratio de giro-velocidad, pero no añade muchas millas por hora a la velocidad. Comprobando su ratio se demuestra que la ratio de 25.3 de la apertura del 22 de octubre encaja con la de una apertura típica de temporada regular, de alrededor de 25.

Estos hallazgos no disminuyen lo que García ha conseguido. Regresar de una lesión y encontrar esa velocidad extra en su bola rápida es el tipo de historia heroica de la que se construyen las leyendas. También podría ser que la propia lesión, o su tratamiento, conllevara una pequeña e inesperada ventaja. Una dosis de calmantes, por ejemplo, podrían permitir a un pitcher lanzar más fuerte incluso sin despertar señales de alarma (como daño o molestias) que le harían de otro modo reducir su intensidad. Además, ese extra de velocidad puede ser un indicio de más problemas de lesiones: a veces, justo antes de que un ligamento se rompa, le da a un lanzador un pequeño empujón de velocidad.

Que los lanzadores reservan lo mejor para octubre no es sorprendente, pero convierte el desafío de batear en la postemporada en algo más complicado. Batallando con climas más fríos que evitan que la pelota vuele tan lejos, mejores adversarios, y la fatiga de una temporada larga, los bateadores deben ahora enfrentarse a versiones mejoradas de esos lanzadores de fuego a los que se miden en la temporada regular. El desajuste entre los dos lados contribuye a la típica reducción del 16% de carreras anotadas en la postemporada, comparado con la temporada regular.

Y lo que es peor, no hay manera de que los bateadores contragolpeen con sus armas: como hay menos riesgos de lesiones, ya abanican tan fuerte como pueden. No pueden añadir un par de millas por hora a su velocidad de salida sabiendo que la temporada se terminará pronto. Que los lanzadores muestren su mejor repertorio a los bateadores supera a los bateadores porque, en parte, el rendimiento de los lanzadores es mucho más variable. Que García “brillara” con la temporada en el alambre es impresionante, pero no sorprendente dada la historia de los lanzadores aupándose al equipo a sus espaldas.

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