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Image credit: © Jasen Vinlove-USA TODAY Sports

Traducido por Pepe Latorre

No se puede decir que esta sea una temporada sin cosas entretenidas de todo tipo. Estamos viendo grandes actuaciones individuales, hemos tenido un límite del período de traspaso de lo más animado y una nueva generación de estrellas está naciendo. El futuro parece prometedor.

Pero los problemas con el ritmo de los partidos que llevan persiguiendo al béisbol durante la última década siguen allí. Después de unos años en los que se aceleró el ritmo (y disminuyó la duración de los partidos) se ha dado un paso hacía atrás. Nunca había sido tan lento. Y eso que estamos en una temporada en la que las ofensivas no han rendido y ha habido reglas para limitar la duración de los juegos. Esto nos sugiere que los cambios en el reglamento introducidos por la MLB no han sido suficientes para acabar con la tendencia de que cada vez haya menos acción por hora de juego.

La preocupación por el ritmo de los partidos es algo que lleva casi 10 años en el mundo del béisbol. Bud Selig, el anterior comisionado, formó en 2014 un comité para estudiar el problema. Rob Manfred lo ha convertido en una de sus prioridades. La preocupación sobre el problema tuvo su pico en 2017, cuando la duración de los partidos alcanzó por primera vez las tres horas y 5 minutos, yéndose a nueve minutos más del tiempo medio que se registró dos años antes.

Fue en este momento cuando la MLB empezó a poner en práctica una serie de medidas para acelerar el juego. Entre ellas estaban la limitación de visitas a la lomita, la duración de los descansos entre entradas y la regulación de las circunstancias en las que los bateadores podían salir del cajón de bateo. Manfred también sondeó la posibilidad del reloj de pitcheo, pero abandonó la idea por la mala aceptación que tuvo entre los peloteros.

Esas nuevas reglas produjeron una mejora breve en el ritmo. Para mí la clave estuvo en el tiempo medio entre lanzamientos consecutivos.

Ese tiempo disminuyó entre 2016 y 2018. Los peloteros recortaron en dos segundos el tiempo entre sus lanzamientos. Pero poco después el ritmo volvió a hacerse más lento. Esta temporada está ya a los niveles más lentos de 2016, y es probable que vaya a peor puesto que los meses finales tienden a ser más lentos.

Es difícil saber a quién culpar por la caída en el ritmo. Los cambios en las reglas sobre el tiempo entre lanzamientos afectan principalmente a los bateadores, por lo que es razonable sospechar que los bateadores han encontrado formas innovadoras de saltárselas o que los árbitros están menos interesados en hacerlas cumplir. También podría ser que los lanzadores continúen tomándose su tiempo en el montículo y dado que cada aparición en el plato involucra tanto a un bateador como a un lanzador es difícil saber a quién culpar. El impacto relativo de los bateadores en comparación con los lanzadores en el tiempo entre lanzamientos se ha mantenido igual durante estas últimas seis temporadas, lo que sugiere que la culpa es compartida.

La principal innovación introducida por Manfred para mejorar el ritmo de juego en 2019 fue el mínimo de tres bateadores por lanzador, cuyo objetivo era reducir la cantidad de lanzadores por juego. Pero la cantidad de lanzadores por juego, según Baseball Reference, ha disminuido solo marginalmente en comparación con 2019, y es más o menos la que era en 2018. La regla puede haber detenido brevemente el creciente número de relevistas, pero no ha cambiado la tendencia.

Un ritmo de juego más lento resulta más favorable para lanzadores y defensores que para bateadores. Los lanzadores que tardan más entre lanzamientos tienden a lanzar más fuerte, lo que les da una muy buena razón para perder el tiempo. Con alineaciones defensivas cada vez más personalizadas y que van más allá del “shift o no shift”, también es necesario algo de tiempo para que los defensores consulten las tablas y se coloquen en las posiciones que optimizan el número de outs. Estos incentivos para ir más despacio no desaparecerán por más reglas que intenten reducir el ritmo del juego.

El ritmo del juego no es lo mismo que la duración de un partido, que está sobre todo afectado por el marcador. El tiempo medio de duración de un juego es de tres horas y 10 minutos, igualando el pico anterior de 2019, aunque con aproximadamente media carrera menos por juego y con el alargamiento que generalmente se produce en septiembre (con rosters expandidos y más apariciones de relevistas) aún por venir. Contando solo los juegos de nueve entradas, el juego típico de esta temporada ya es cuatro minutos más lento que en 2019. Las carreras por juego han bajado, pero todavía estamos en ritmo de tener la mayor cantidad de juegos de más de cuatro horas y nueve entradas de la historia, incluso más que en 2019.

Los que se oponen a los intentos por acelerar el juego a menudo confunden la duración de los partidos con el ritmo del juego. Los encuentros más largos no son un problema si cuentan con más acción para acompañar esa inversión adicional de tiempo. Pero hemos visto exactamente lo contrario suceder este año: los récords en duración y ritmo de juego están sucediendo con menos anotaciones y menos béisbol que nunca. El partido promedio es cuatro minutos más largo que en 2019, aunque con dos apariciones al plato menos y con menos lanzamientos por cada aparición. El tiempo extra no es béisbol extra; es gente en el campo sin hacer nada (posiblemente mientras los espectadores ven anuncios publicitarios).

Las medidas que la MLB implementó para controlar el ritmo han vuelto a fallar, es el momento de que la liga considere reglas más draconianas. La deriva natural que se ha desarrollado durante décadas ha sido hacia juegos cada vez más largos, incluso cuando la acción en el campo se ha estancado. La aplicación agresiva de algunas reglas puede haber frenado esa tendencia durante algunas temporadas, pero una vez más caminamos hacia un béisbol de una lentitud sin precedentes.

La solución podría ser ese reloj de pitcheo que la MLB ya ha probado en las menores y en los entrenamientos primaverales. La ventaja del reloj es que el árbitro no tiene que negar tiempos muertos a un jugador o visitas al montículo o gritarles para que se den prisa. El reloj impone un límite objetivo sobre lo lento que puede ser el ritmo y ningún jugador puede discutir con él (al menos si la Asociación de Jugadores está de acuerdo). Sin embargo, hasta que llegue el reloj, es posible que estemos destinados a una acción cada vez más pausada y deliberada, que culmine con más y más juegos por encima de las cuatro horas.

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