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Image credit: © Robert Hanashiro-USA TODAY Sports

Fernando Valenzuela era un prospecto muy apreciado de los Dodgers durante la temporada invernal 1980-1981. El año anterior, después de 25 aperturas en AA San Antonio (3.10 ERA, 3.62 RA9 frente a promedios de la liga de 4.25 y 4.90, respectivamente), fue llamado para recibir 10 apariciones de relevo en septiembre. Lanzó bien: 0.00 ERA y 0.74 WHIP con 16 ponches en 17 y ⅔ innings, con dos triunfos y un salvamento.

Los Dodgers de 1981 tenían una vacante en su rotación, ya que el campeón de carreras limpias admitidas de 1980, Don Sutton, se había marchado a Houston como agente libre. Valenzuela se presentó a los entrenamientos de primavera con la esperanza de formar parte de la plantilla. El 4 de marzo, el reportero del diario Los Angeles Times, Mark Heisler, escribió: “Ahora figura junto a Rick Sutcliffe como candidato al quinto puesto en la rotación inicial”. Pero a Bob Welch le empezó a doler el codo, Jerry Reuss fue marginado por una distensión en la pantorrilla, Dave Goltz tuvo influenza y Burt Hooton tuvo una uña encarnada. Valenzuela, el último abridor sano, recibió el llamado para el Día de Inauguración. Lanzó bien, consiguiendo una victoria de 2-0 sobre los Astros, permitiendo cuatro sencillos, un doblete y dos bases por bolas.

La leyenda dice que fue una sensación inmediata. Lanzó fantásticamente, permitiendo una carrera en cinco salidas en abril. Pero en un principio no fue mágico para la taquilla. Los 50,511 espectadores del Día de Inauguración de los Dodgers fueron superados en cada uno de los dos siguientes partidos del equipo en casa. Su segunda salida fue en San Francisco, ante una cifra poco destacable de 23,790 espectadores. Su tercera salida fue en San Diego, con sólo 19,776 asistentes en un sábado. Su cuarta salida fue también como visitante, un enfrentamiento en miércoles, contra Sutton en Houston. Asistieron 22,830 aficionados. Houston promedió 22,596 en sus otras seis fechas de miércoles en casa esa temporada.

Después de ese partido, Valenzuela tenía un ERA de 0.25 en cuatro victorias de juego completo. Había ponchado a 36 bateadores en 36 innings en una temporada en la que los lanzadores promediaron 4.9 ponches por cada nueve innings. Y entonces, la leyenda explotó.

El 27 de abril, el columnista del LA Times Scott Ostler tituló su columna “Fernandomanía”. Fue la primera vez que el término aparecía en la prensa (según mi mejor esfuerzo de investigación). Y aunque los cuatro párrafos sobre la joven estrella de los Dodgers se referían a las transmisiones en español de los Dodgers (conducidas hasta hoy por Jaime Jarrín), se rompió un dique. Aquella noche, un lunes en Los Ángeles, 49,478 aficionados abarrotaron el coso de Chavez Ravine para ver a Valenzuela blanquear a los Giants por 5-0. Fue el tercer lunes con más público del año para los Dodgers. En su siguiente salida, el 3 de mayo, Montreal atrajo a 46,405 personas para ver a Valenzuela vencer a los Expos. El equipo atrajo a menos de la mitad de personas el día anterior.

Así fue todo el año. Valenzuela abrió tres juegos en casa en lunes. Se clasificaron como primero, tercero y cuarto en asistencia para los Dodgers los lunes. Abrió dos partidos en casa en martes, ocupando el primer y segundo lugar. Abrió cinco juegos de jueves; fueron los cinco juegos en casa en jueves con mayor asistencia del año. Sus dos salidas en casa los domingos fueron la cuarta y la sexta. Los Dodgers atrajeron un 18% más de aficionados a sus salidas que a las de los demás, a pesar de que no tuvo ninguna salida en casa el viernes o el sábado y sólo dos el domingo.

Una salida en junio en St. Louis generó la segunda mayor afluencia de público del año para los Cardinals; su regreso en agosto fue la tercera. La revancha Sutton-Valenzuela del 27 de septiembre fue la segunda mayor entrada de los Astros. Sus dos salidas en Montreal atrajeron la mayor y la quinta mayor afluencia de público de la temporada en el Stade Olympique.

No ha habido nada parecido desde entonces. La Nomomanía, protagonizada por otro lanzador de los Dodgers, Hideo Nomo, tuvo lugar 14 años después, pero Nomo no llenó las gradas como lo hizo Valenzuela. El ejemplo reciente más cercano fue el debut de Stephen Strasburg en 2010, pero ese fue anticipado (fue la primera selección en el draft del año anterior) y, desafortunadamente, corto (12 salidas antes de que su codo estallara).

Valenzuela lideró la Liga en aperturas, juegos completos, innings y ponches. Tuvo marca de 13-7 en la temporada acortada por la huelga y tuvo un ERA de 2.48, séptimo en la Liga. Ganó los premios al Novato del Año y Cy Young. Lideró la liga con 6.9 PWARP y su DRA- de 45 fue el segundo.

Pero, como muestran las cifras de asistencia, su impacto se sintió más allá del diamante. Jay Jaffe relató recientemente su dominio en el campo. Nosotros vamos a analizar su impacto entre la afición. Como muestran las cifras de asistencia, fue muy popular. ¿Por qué?

Hay muchos paralelos entre 1981 y 2021. Un nuevo presidente llegó la Casa Blanca, habiendo derrotado a su contrincante quien no fue reelegido. La economía estaba saliendo de una recesión. Un virus mortal, el SARS-CoV-2, estaba en retirada en 2021, mientras que un virus mortal, el VIH, fue reportado clínicamente por primera vez el 5 de junio de 1981. Una amarga lucha laboral y patronal se cernía sobre el deporte en ambos años.

Sin embargo, había diferencias clave que hacían que 1981 pareciera más grave. Estados Unidos se había visto sacudido por la crisis del petróleo de 1973, el posterior desplome del mercado bursátil y la crisis energética de 1979. La tasa de desempleo a principios de 1981 era del 7.5% y sería un punto porcentual más alta a finales de año; la tasa de desempleo más reciente (al 1 de marzo) de este año fue del 6.0%. Hoy preocupa que la tasa de inflación anual haya subido al 2.6%. Hace 40 años, era un alivio que hubiera bajado al 10.5%. La Unión Soviética representaba una amenaza existencial tanto política como económica. La humillante caída de Saigón sólo había sido seis años antes, mientras que la desastrosa incursión de la Unión Soviética en Afganistán, que apenas tenía un año, aún no se había convertido en un caos.

El béisbol era mucho menos internacional de lo que es hoy. Había un puñado de estrellas latinoamericanas, en su mayoría de Cuba y Venezuela. Los jugadores de la nación directamente al sur de EE.UU. eran escasos. El jugador más destacado de México, Bobby Ávila, había amasado 19 WARP en la década de los 50s con Cleveland. Y había pocas estrellas latinoamericanas en el montículo más allá de Juan Marichal (República Dominicana) y Luis Tiant (Cuba). Valenzuela, de un pueblo de Sonora en la costa del Golfo de California, tenía una historia poco convencional. También tenía una complexión poco convencional—se le cataloga muy generosamente como de 1.80 metros, 80 kilos—y pichaba un lanzamiento poco convencional, la bola de tornillo. (La guía de lanzadores de Neyer/James cataloga la bola de tornillo de Valenzuela como la segunda mejor de todos los tiempos, después de la de Carl Hubbel).

Después de 1981, el béisbol cedería terreno a la NBA (la rivalidad Bird/Magic sólo tenía dos años en 1981) y a la NFL (después de que una huelga anulara casi la mitad de la temporada de 1982). Pero Valenzuela llegó en un momento en que la nación necesitaba un nuevo héroe no convencional. Aquel verano encontró a uno en el joven mexicano de 20 años. —Rob Mains


Los mexicanos en México son muy diferentes de los mexicanos en Estados Unidos. Esto no es nada nuevo para cualquiera quien haya pasado algún tiempo aquí o allí, y con nosotros o con ellos. Pero hay breves períodos en los que una sola persona tiene el poder de unificar ambas naciones. Esas personas suelen ser atletas de élite o artistas. Fernando Valenzuela era tanto un atleta de élite como un artista, pero no parecía ninguno de los dos. De hecho, se parecía mucho al resto de nosotros.

A principios de este mes, se recordaron los 40 años de la temporada en la que la figura de Valenzuela estalló con los Dodgers, y se le rindió homenaje por doquier. Se han analizado sus habilidades en el centro del diamante; su impacto social incluso ha sido diseccionado en un documental de ESPN. Pero su impacto transnacional, y en especial la influencia transformadora que tuvo en el mercado mexicano apenas se ha esbozado. Fernando Valenzuela hizo que los mexicanos en México fueran más conscientes de las desigualdades a las que se enfrentan nuestros compatriotas cuando trabajan en Estados Unidos.

A finales de los años 70, México estaba nadando en dinero petrolero, pero era gobernado por José López Portillo, un demagogo con ilusiones de convertirse en un dios-serpiente alado, y las disparidades sociales se hicieron más profundas. Emigró menos gente a Estados Unidos que en décadas anteriores o posteriores, pero la influencia que la cultura estadounidense ejercía en México se hizo más penetrante, a pesar de que Estados Unidos atravesaba su propia inestabilidad económica y cultural.

En el mundo del deporte, México tuvo unos pésimos Juegos Olímpicos de 1976 en Montreal, fue rotundamente humillado en la Copa Mundial de futbol de 1978 en Argentina, y hubo muy pocos destellos brillantes de por medio. Pero un muchacho gordito proveniente del pueblo rural de Etchohuaquila, Sonora, suavizaría los malestares y traería el orgullo a la nación.

Valenzuela lanzaba un juego diferente al que las Grandes Ligas estaban acostumbradas a ver. Pero su característico giro, su tirabuzón y su intensidad eran atributos que los niños de ambos lados del Río Bravo imitaban. Y los adultos también podían imitar su dominio, su poder, su destreza en el montículo. Una persona que se parecía a ellos—imberbe, de piel bronceada—dominaba a los mejores peloteros del mundo.

“Tenía un vocabulario muy corto. Venía de un lugar muy humilde, y el impacto inmediato de convertirse en una estrella le hizo crecer muy rápidamente”, cuenta David Braverman, comentarista deportivo de radio y televisión con largo recorrido en México y amigo de Valenzuela desde hace mucho tiempo. “Pero él seguía siendo humilde”. Esto era evidente para los aficionados de todo el mundo: no presentaba un personaje mediático como la mayoría de los deportistas actuales.

Desde Beto Ávila—los estadounidenses lo conocen como “Bobby”—en la década de los 50, ningún jugador de béisbol se había apoderado del imaginario colectivo de los mexicanos con sus hazañas en el extranjero. Pero las hazañas de Ávila sólo aparecían en las crónicas de los periódicos, en algún noticiario previa a algún filme y en la voz del célebre Pedro “Mago” Septién, quien relató innumerables partidos por la radio utilizando sólo los cables de télex para describir la acción en el campo. Valenzuela lanzaba en vivo, a color, sin retraso y sin la idiosincrasia de un comentarista quien filtra los acontecimientos. La gente podía ver el poder de su presencia como lanzador. Y esta vez, la gente podía decidir por sí misma si el pelotero era digno de su admiración. En 1981, absolutamente lo era.

Televisa—el omnipresente gigante de los medios de comunicación en todo el continente—retransmitió en directo todas las salidas de Valenzuela. Y fue un éxito de audiencia. Incluso en los mercados en los que el futbol controlaba el tiempo libre de la población. Cuando “El Toro” lanzaba, se convertía en un auténtico acontecimiento. “El béisbol nunca ha tenido mayor audiencia televisiva en México que cuando Fernando lanzaba”, dijo Braverman. “Para ser justos, el país no se paralizaba, pero el ámbito deportivo sí. Incluso la transmisión en la radio de Jaime Jarrín se transmitía desde Estados Unidos y muchísima gente la sintonizaba”.

La Fernandomanía llegó incluso a la arena política. Ronald Reagan hizo que Valenzuela hiciera acto de presencia en la Casa Blanca cuando el antes mencionado cuasi-dictador con aires de dios-emplumado hiciera una visita de estado a Washington, D.C. (y rogó para conseguir préstamos masivos para tapar enormes problemas inflacionarios). Reagan obtuvo lo que quería y López Portillo regresó a la Ciudad de México con una bonita foto junto al nuevo héroe binacional.

“Los políticos han abusado de Fernando desde siempre”, dijo Braverman. “Pero él no se presta; también sabe cómo jugar ese juego”.

Muchos otros jugadores mexicanos y méxico-americanos brillarían en las Grandes Ligas en las cuatro décadas transcurridas desde la irrupción de Valenzuela. Algunos de ellos son ejemplos de profesionalismo y dedicación. Joakim Soria ha tenido una larga y exitosa carrera en la MLB e incluso ganó el Premio Nacional del Deporte de México en 2010. (Otros están encarcelados por tráfico de drogas o han sido suspendidos por cargos de violencia doméstica). Sin embargo, ninguno ha cautivado el corazón de la afición como el tímido, bonachón y jovial Valenzuela, cuyo mayor escándalo fue negarse a ir a Dodger Stadium durante años tras la forma en que se sintió tratado al dejar al equipo. “Sigue siendo el mismo”, dijo Braverman.

El popular columnista Gustavo Arellano ya cariñosamente relató cómo fue crecer en el sur de California durante la Fernandomanía. Y de acuerdo con todos los reportes disponibles, su experiencia fue compartida al sur de la frontera, aunque con cargas grupales emocionales y raciales y gustos diferentes. El orgullo nacionalista es algo de lo que la humanidad abusa, pero en su justa medida, es una fuerza unificadora como ninguna otra. Durante media década, el corpulento joven de Etchohuaquila mantuvo la atención de dos naciones que en realidad siempre han sido una sola. Su brazo de lanzar fue maltratado y sobreexigido, al igual que los cuerpos y las almas de innumerables trabajadores: una alegoría adecuada de lo que significa luchar como ciudadano de clase trabajadora. —José M. Hernández Lagunes

Muchas gracias a Toño Moreno por su ayuda en este artículo.


Fuentes

 Heisler, Mark. “Valenzuela Is Making His Pitch to Become a Starter for Dodgers,” Los Angeles Times, March 4, 1981, pg. 28.

Ostler, Scott, “Fernandomania,” Los Angeles Times, April 27, 1981, pg. 54.

James, Bill and Neyer, Rob. The Neyeer/James Guide to Pitchers. New York: Fireside, 2004.

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